Si somos capaces de pensar para revertir lo que hacemos, vivimos desaprendiendo. Efectivamente, la mayoría de las cosas que aprendimos hubiera sido mejor desconocerlas, porque a menudo, para decidir por nosotras mismas como personas pensantes, nos pasamos la vida tratando de liberarnos de esquemas mentales, emociones y costumbres que la socialización, es decir, la educación, nos introdujo como inyección intravenosa.Me produce urticaria cada vez que oigo decir que para cambiar cualquier estado de cosas la clave está en «la educación». Y ya el colmo es cuando me sangra la almorrana si especifican que está en la «educación en valores». ¿Qué educación? ¿Qué valores? La llamada civilización occidental se ha edificado sobre valores reales contrarios a los que ha venido proclamando hipócritamente (libertad, igualdad y fraternidad) en un mundo edificado sobre una educación domesticadora, no liberadora, fundamentada en la explotación, la desigualdad y la competencia comercial y bélica fratricida. Así, educamos a las nuevas generaciones a quienes ni entendemos, ni intentamos entender. Solo criticamos y satanizamos. Nos ven como a monstruos descerebrados, como a esquizofrénicos que predicamos una cosa y hacemos otra. Así, tan solo aprenden, al igual que nosotros, del manual publicitario: gana, conquista, compra, sé el mejor, esfuérzate para que algún día puedas vivir sin trabajar porque habrás obtenido el logro de ser un medio rico privilegiado. Y con estos mensajes y valores reales socializadores, es decir educativos, luego nos extrañamos del auge de la ultraderecha entre las nuevas generaciones. De este modo hemos construido una sociedad en la que el otro siempre es un competidor, un contrincante, cuando no un enemigo a combatir, y como bien expresó Eduardo Galeano, esto lleva a la dictadura del temor al otro: «maldita sea la exitosa dictadura del miedo, que nos obliga a creer que la realidad es intocable y la solidaridad es una enfermedad mental, porque el prójimo siempre es una amenaza y no una promesa».