Doctorow, en su obra “Mierdificación”, afirma que son los responsables políticos quienes han creado un entorno “mierdificador” en el que la peor conducta de las peores personas es la que más beneficios genera. Ante esto, decía Anguita que no le daba miedo el poder, sino el silencio del pueblo. En los tiempos que corren, la nueva mutación antropológica, derivada de la revolución cibernética y la era digital, contribuye a que la política se haya convertido en un juego de renuncias. En silencios impuestos al pueblo. Y así se han difuminado, cuando no perdido, los principios que articulaban la acción política y que se sintetizaban en dos objetivos entrelazados: el socialismo y la soberanía. Estos objetivos se devalúan cuando se instaura la postpolítica, la transformación de la política en mera gestión técnica o administrativa, eliminando el debate ideológico y convirtiendo en espectáculo el conflicto entre izquierda y derecha o entre el Reino de España y Euskal Herria. La dictadura tecnocrática, el consenso fabricado y la despolitización de los asuntos públicos campan a sus anchas, imponen silencios cómplices y, lo que es peor, desmotivan incluso a las capas más proactivas de la sociedad, especialmente a la juventud. Esa juventud consciente, como expresó Camus, de que el mayor enemigo de la libertad no es la tiranía externa, sino la cobardía interna que prefiere la comodidad de las cadenas a la incertidumbre de la independencia. Podemos hacer que el miedo de nuevo cambie de bando. Intensificar las movilizaciones de muy diverso signo e impulsar, entre otras, las organizaciones antifascistas y juveniles. Conseguir que la llamada izquierda despierte de su letargo para morder la historia y desmierdificar la política. La historia se forja y los derechos se conquistan en la calle, en los lugares de trabajo y formación, no intercambiando cromos en los despachos de políticos, tecnócratas o banqueros. En palabras de Goldman, la historia está escrita con la sangre de mujeres y hombres que se atrevieron a desafiar al poder.