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De salsa rosa a salsa roja

 

La televisión española ha cambiado a Belén Esteban por Pablo Iglesias. Hemos pasado de la salsa rosa a la salsa roja. Sin previo aviso, progresivamente, casi como si fuese lo más normal del mundo, muchos de los platós donde antesdeayer solo se escuchaban las cuitas de entrepierna de las celebrities más vergonzantes se apuntan ahora a la moda de la tertulia política. Vale, los infraseres de Mujeres, Hombres y Viceversa o Gandía Shore siguen en pantalla. Pero tampoco ibamos a pedir a la «marca España» que renegase de su propia esencia. En mi caso personal, tengo una debilidad especial por este subgénero, que es como mirar a los chimpancés. Así que tampoco me quejo de que no hayan sido completamente eliminados de la parrilla. No obstante, todos coincidiremos en que, desde hace unos meses, la discusión política capitaliza la programación. Hay raciones de mañana, tarde y noche. El siguiente paso ha sido la irrupción del discurso de izquierdas, que ha aprovechado para demostrar que es la respuesta más razonable ante el saqueo y la degradación de los derechos sociales que se vive en el Estado español. No me refiero a los tertulianos de derechas con carné del PSOE. No. Hablo de un discurso netamente de izquierdas, ese que provoca que los todólogos habituales miren con una mezcla de incredulidad y repugnancia, con ganas de fumigar y aplicar un cordón sanitario. Casi, como si tuviesen la imperiosa necesidad de apartarlo con un palo. Algo así como «contigo no, bicho».

El otro día, un compañero de trabajo destacaba la importancia de las intervenciones del amigo Pablo Iglesias en programas como «El gato al agua». «Hoy en día, lo único coherente es ser de extrema izquierda», me indicaba. Claro que el presentador de La Tuerka no es el primero. Antes, Ada Colau, Sánchez Gordillo o Cañamero ya aprovecharon las grietas del prime time. En formas, la televisión no ha perdido esa esencia maleducada, de griterío soberbio. Sin embargo, entre tanto ruido, ahora escuchamos verdades como puños. «Violencia es cobrar 400 euros». «La puerta giratoria de la casta política». «No somos mercancía en manos de políticos y banqueros».

¿Cómo se ha logrado que este discurso se cuele en escenarios tan ajenos?

Obviamente, ni Silvio Berlusconi, ni José Manuel Lara ni Julio Ariza ni ninguno de los propietarios de los grandes canales apuestan por la discusión de ideas después de una repentina conversión.  No se han caido del caballo como San Francisco de Asís San Pablo de Tarso ni les han echado droga en la droga. Tampoco se despertaron un día y pensaron «si es verdad, la información es un bien público. Voy a dejar de vender basura a la gente y hacer algo que pueda serles útil». Claro que no. Simplemente, las condiciones sociales han cambiado. Y ellos quieren sacar tajada. Con agudizar un poco la oreja en el metro, en la cafetería o en el ascensor uno se da cuenta de que la mala leche y el análisis del entorno está en todas las conversaciones. En este contexto, que las televisiones sigan pagando un pastuzal a seres abyectos como Belén Esteban resultaba todavía más infame. Así que, con la misma mesa, simplemente se adapta el «pan y circo». Especialmente viendo el grado de concentración mediática al sur del Ebro.

Que no se interprete esto como una crítica. Creo que no aprovechar esa ventana que son los grandes canales de televisión para convertir el discurso transformador en sentido común solo sería comprensible desde el gusto por la marginalidad. Especialmente, en el Estado español, donde la derecha acapara la práctica totalidad de los medios. Claro que hay que poner en marcha canales críticos y profesionales, que sean ambiciosos y desarrollen otro periodismo. En Euskal Herria lo sabemos bien. También, que encerrados en la cueva no se gana la batalla de las ideas. La ideología dominante no la pueden marcar esos clones de extremo centro que compiten por ver quién levanta más el brazo derecho. Solo por ver la cara de Carlos Cuesta o de Herman Tersch ante los argumentos de Pablo, Tania Sánchez o Juan Carlos Monedero, esto merece la pena. De la salsa rosa a la salsa roja. Todo está cambiando y habrá que saber adaptarse.

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