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No me pongo el chaleco blanco

No me pongo el chaleco blanco para trabajar. Ni lo tengo, ni lo he solicitado ni me da la real gana de asfixiarme con ese corsé recién inventado que delimita la línea entre buenos y malos y que construye un nuevo bloque en las manifestaciones: el enjambre blanco de los informadores que añaden un punto de teatralidad al asunto. No tengo nada en contra, al margen de que no se me permite tener una asociación nacional vasca. Pero ni soy miembro de la FAPE ni tengo previsto inscribirme. Yo no pago. Si ejerciese como abogado, enfermero o médico, las normas laborales me obligarían a estar colegiado. No es así en el caso de los periodistas. Así que no entiendo porqué el carné de una institución privada, de adhesión voluntaria, constituye el único aval para realizar mi trabajo en las inmediaciones de un Congreso español asediado por 1.400 policías.

"Es obligatorio llevar el chaleco. Si no, no puede acceder", me advertía ayer uno de los antidisturbios que blindaban el acceso a la Cámara Baja. Alegaba la existencia de un mandato de la delegación del Gobierno español en Madrid. Wait a minute. ¿Cómo que únicamente los asociados a un club particular tienen patente de corso para desarrollar su trabajo? ¿No es suficiente la acreditación de mi medio? ¿La de las Cortes? ¿La de cada una de las instituciones donde uno entra a diario y sin tener que tatuarse un puto código de barras en la frente?

Dejo claro que en la propia FAPE me aseguran no entender la situación. Ya indicaron que dialogaban para poder distribuir los famosos chalecos a los no asociados. Y aquí me entra una segunda duda existencial. ¿Para qué sirven los distintivos? ¿Para que los informadores desarrollemos mejor nuestro trabajo o para facilitarle las cosas a la Policía? ¿Para que un ciudadano que no lleve el chalequito pueda ser golpeado si filma algún desmán policial? Recientemente vimos en Donostia lo poco que le importa a un energúmeno con porra que un periodista se identifique como tal. Si hay que calentarle, se hará sin contemplaciones, como pudo comprobar el compañero de Argia Lander Arbelaitz durante su cobertura en Askegunea. Una certeza que constrasta con los esfuerzos desplegados para que nadie pueda denunciar los abusos de los uniformados. Decir que ayer, durante "asedia el Congreso", algunos de los antidisturbios habían estrenado identificación visible constituye un insulto a nuestra inteligencia. Un número intercambiable a diario y que va pegado con velcro no es un distintivo, es una burla a la ciudadanía.

La marcha de ayer frente al Congreso español puso de manifiesto hasta qué punto todo esto tiene algo de teatrero. Cámaras, muchas más camaras que arietes en primera fila. La secuencia formada entre algunos manifestantes, dispuestos a confrontar con la Policía, la minimarea blanca que correteaba con los objetivos al hombro y el bloque de antidisturbios tenía algo de irreal, casi de sketch de Benny Hill. No voy a entrar en el debate sobre oportunidad y estrategia. Todos deberán de reflexionar sobre lo ocurrido ayer. Sin embargo, creo que con las previsiones de paro y miseria anunciadas por el Gobierno español, su preocupación no debería de ser los choques de ayer, sino la previsible escalada de mañana. Y en esto, los informadores también tendremos que plantearnos cuál es nuestro papel. Y qué reglas del juego estamos dispuestos a aceptar.

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