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Contradicciones castrenses en Caracas

tanque

Tengo la suerte de formar parte de una de las primeras generaciones que no se vio obligada a comerse los dos años, cuatro meses y un día de cárcel con los que Madrid castigaba a quienes se negaban a plegarse ante la obligación de regalar un pedazo de juventud a los militares españoles. Además, una de las primeras ocasiones en las que sentí el aliento de una porra en mi coronilla fue en Iruñea, cuando Baluarte todavía era un parking, durante las cargas contra una manifestación que defendía la deserción en los cuarteles. Cuento esto para dejar claro que el rechazo al rollo castrense y la parafernalia uniformada ha formado parte de mi base política desde que empecé a distinguir en qué lado de la barricada me encontraba.

Pese a todo, el viernes pasado asistí a un desfile cívico-militar celebrado en Caracas y que conmemoraba el 203 aniversario de la independencia del país caribeño. Y en medio de las marchas de tanques, antiaéreos e incluso antidisturbios, la sensación era completamente distinta. De simpatía. Mientras marchaban, los comandos de paracaidistas, formados por superhombres y supermujeres cuyo paso me dejaba sin aliento solo con mirarlo, clamaban «Chávez vive, la lucha sigue» . En los carros de combate, banderas rojas, sin distintivos, y un cartel que dejaba claro que "en esta unidad, Chávez vive". En el público, familias que podrían recordarme a la imagen mental del yanki que observa desfilar a las tropas, casi como en un picnic. "Si me sacan cervezas y palomitas, soy feliz", suelta un colega. Yo ya me imaginaba en plan Duffman con dos latas colgando de una gorra y un tubito con el que regar mi garganta al paso de misiles cuyo peso hacía temblar el asfalto.

Regresiones superficiales al margen, este constituye el único símil entre las exhibiciones de barras y estrellas que tanto vimos por la tele y la realidad de la gran avenida venezolana. Frente al patrioterismo imperial de quien se cree dueño del mundo, pude comprobar el mismo entusiasmo de puño en alto y proclamas socialistas de las marchas chavistas. En serio. ¿Qué desfile militar comienza con música de Ska-p? Mientras observábamos a los uniformados, un amigo me recordó una anécdota que él mismo había vivido cuando acompañaba el cuerpo de Hugo Chávez hasta el Cuartel de la Montaña. Según me relató, caminaba con su compañera hacia el 23 de Enero cuando observó a una viejecita que se acercaba hacia un joven soldado. "Es importante que os  mantengáis como hasta ahora", le dijo, con rostro serio, recordando que sin el apoyo de los militares (además del impresionante despliegue de las miles de personas que bajaron a Miraflores a defender a su presidente), el líder bolivariano hubiese sufrido serias dificultades para superar el golpe de Estado de 2002. Todo un símbolo del papel de las Fuerzas Armadas en el proceso revolucionario.

La gran diferencia venezolana está en la composición de sus tropas, en los orígenes populares de sus mandos. Un fenómeno que se ha agudizado durante la última década. Donde la derecha observa control por parte del Estado, habría que recordarle los intereses de clase. ¿De verdad creen que los mismos a los que la oligarquía ha ridiculizado lanzando monedas a las puertas de los cuarteles iban a levantarse contra un Ejecutivo dedicado a dignificar a los más desfavorecidos?  Pues lo intentan, a pesar de todo. Desde Salvador Allende, los casos en los que las clases acaudaladas y los cuarteles han ido de la mano para intentar tumbar gobiernos progresistas han sido continuos. Una amenaza que obliga a mantenerse alerta. En la última década tenemos varios ejemplos. Golpes en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Honduras... ¿Hace falta más? Que no vengan con cuentos de que todo son fantasías.

Claro que me gustaría una sociedad justa y sin cuarteles. Pero no vivimos en el mundo de la gominola. Todo Estado ejerce la fuerza. También en la Euskal Herria libre nos tocará encontrar un modelo adecuado. Seguro que entonces, como me ocurrió en aquel desfile, tendremos nuestras contradicciones. Supongo que la clave estará en los principios. En los objetivos. Y en reconocer que las conquistas hay que defenderlas.

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