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Debatir sobre drogas más allá de tópicos y moralismo

Que un político consuma drogas no me parece un hecho relevante. Prácticamente todo el mundo utiliza sustancias que modifican sus percepciones. Algunos se ponen hasta arriba de gintonics, otros castigan sus tabiques con polvos mágicos y cada vez más personas recurren a estupefacientes legales como los ansiolíticos o los tranquilizantes. Es una realidad y no por esconder la cabeza como un avestruz esta va a desaparecer por sí sola. Por eso me preocupa que el debate abierto tras la insinuación de Juan Carlos Monedero sobre el supuesto uso de cocaína por parte de Albert Rivera se estanque en lo superficial y moralista. Unas palabras que, por otra parte, solo reflejaban las bromas aparecidas en decenas de memes.

El problema no está en la polémica en sí, porque nace muerta. Uno negará haber dicho lo que dijo porque, de lo contrario, podría incurrir en un delito. El otro negará que utilice drogas, sea o no verdad, porque se trata de un tema tabú. Y si existe otro que sí que lo hace, nunca lo admitirá. Lo más lejos que llega un político es a confesar que alguna vez se fumó un porro. En esto, los representantes públicos ejercen de fiel reflejo de la sociedad, que manda las drogas ilegales al rincón oscuro de la demagogia, el alarmismo y la desinformación. 

Seamos serios. Las encuestas, como los pacientes del Doctor Gregory House, mienten. O si no, es que yo conozco al total del 3,2% de jóvenes del Estado que aseguran haberse puesto unas rayas de cocaína en el último año

Decía que no me importa que un político consuma drogas y alguien podría rebatirme que es peligroso que una persona con capacidad para tomar decisiones trascendentes lo haga influenciado por cualquier sustancia. Es cierto. Pero del mismo modo que confío en que un cirujano no me opere tras haberse metido dos carajillos entre pecho y espalda, espero que quien tiene mando en plaza lo ejerza en pleno uso de sus facultades. Consumir drogas no te convierte en un adicto. El uso de psicotrópicos es una decisión individual, mientras que la drogadicción constituye una enfermedad y como tal hay que tratarla. 

Resulta increíble que seamos incapaces de mantener una discusión seria y adulta sobre un fenómeno que existe, existió y seguirá entre nosotros. El prohibicionismo solo ha engordado los bolsillos de mafias sin escrúpulos, ha provocado carnicerías en los países de origen y llenado las cárceles de pobres diablos que, en su mayoría, solo disponen del recurso del tráfico para malvivir mientras otros se hacen de oro. Además, deja a los consumidores en manos de indeseables y sin tener ni la más remota idea de qué se están metiendo en el cuerpo. Todo ello, encima, para no reducir ni disponibilidad, ni uso ni los riesgos para la salud asociados a la falta de control.

En lugar de aferrarnos a argumentos pueriles, lanzar insinuaciones recubiertas de un profundo moralismo y estigmatizar en base a una visión del mundo que no coincide con la realidad sería más razonable profundizar en la educación y en programas de control de riesgos reducción de riesgos y daños. No se trata de promocionar el abuso, sino de ser responsables y consecuentes.

Si seguimos haciendo lo mismo obtendremos los mismos resultados. Quizás es el momento de pensar en otros caminos. Para ello, el primer paso debería ser desenterrar la discusión de las toneladas de prejuicios y falsos dogmas en la que la hemos enterrado.

 

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