0 iruzkin

Falta Chávez

"El siete de octubre... ¡gana Chávez!" Todavía escucho la voz atronadora del líder bolivariano durante aquel histórico mitin celebrado hace seis meses. Llovía a mares, como si en lugar de gotas cayesen pozales, y él estaba convaleciente de la enfermedad que le mataría poco después. Sin embargo, ofreció ese último discurso en la avenida Bolívar, más corto de lo habitual pero que ha dejado una de las imágenes épicas que caracterizan su mandato. Él, empapado y firme, frente a miles de personas a las que ni siquiera un tifón hubiese movido de su sitio. Un adiós heróico, como no podía ser de otro modo, para una figura que cambió su entorno para siempre.

Quizás en Europa no se comprenda el sentimiento que genera Chávez y la forma de vivir la política en Venezuela. Lo entiendo. Me ocurrió a mi mismo, que llegué aquí por primera vez con mi "sí, pero" en la mochila. Rápidamente lo guardé para mejor ocasión. No hace falta más que respirar un par de horas ese ambiente de excitación, orgullo y pasión que se despierta en los actos bolivarianos para darse cuenta de que aquí está ocurriendo algo. Algo que es bonito.

Lo experimentaron el otro día unos compañeros vascos. Era su primera visita a este país y les bastó tres horas de caravana electoral en los barrios del 23 de enero y Catia para caer rendidos ante un hecho que es difícil de explicar si uno no está presente. "Cuando estéis en la marcha final, vais a flipar", les avisó otro de sus acompañantes, que ya había visitado Venezuela hace algunos años. A última hora me los encontré, exhaustos y con una sonrisa de oreja a oreja, dándolo todo en medio de ese desparrame rebelde, festivo, excesivo. En definitiva, maravilloso. Es una paradoja, pero los tics de marisabidillo y el apriorismo frente al personalismo se te quitan de un plumazo cuando te encuentras cara a cara con los millones de personas que forman el pueblo.

Desde nuestro punto de vista resulta difícil empatizar con el fervor hacia un líder. Mi  tradición política tiene que ver más con el peso del colectivo que con la entronización de una única figura. Y, sin embargo, no puedo evitar que se me caigan las lágrimas en estas exhibiciones de entrega generalizada. Yo también lo siento. En esta ocasión, estar en la tarima de prensa y no poder ponerme a gritar como uno más me ha dejado un nudo en la garganta que espero poder remediar el domingo, cuando la marea roja tome Miraflores para acompañar a Maduro.

Digo esto porque es imposible no contagiarse de la conexión emocional. Flota en el ambiente. Por eso, me irrita la forma soberbia con la que se juzga, a miles de kilómetros, la relación que existía entre Chávez y su país. Limitar la adhesión y el amor con una fe abstracta supone un ejercicio de reduccionismo de quien se cree superior a los demás. Desde esa atalaya resulta imposible comprender que la alegría, la dignidad o el llanto de las miles de personas que abarrotan cada acto chavista es un acto de reafirmación de aquellos a quienes se mantuvo en el rincón durante siglos. "Chávez nos abrió los ojos", me decía una señora mayor que había esperado más de cinco horas para poder seguir el mitin desde primera fila. Muchos repiten esa frase. Con la revolución bolivariana, la mayoría del país, la que había estado sometida por una élite corrupta y solo aspiraba a la miseria dijo "aquí estamos", se reconoció, se gustó y decidió que nunca más, en la puta vida, iba a dejar que nadie le  invisibilizase.

viejita

Chávez ha sido el símbolo de todo ese despertar. ¿Cómo no ibamos a llorarle? Sin las razones  políticas, sin la dignificación, sin la ampliación de la democracia o la profundización de la justicia social esta emotividad nunca se habría producido. De eso es de lo que hablan todas las personas que, a cada paso, se te acercaban en la marcha del jueves para explicarte qué había supuesto Chávez para ellas. Hablamos de política, de victoria, de logros tangibles como la vivienda o la educación y de vidas cuya calidad ha mejorado considerablemente.

Caminar por el 23 de Enero y ver el rostro de Nicolás Maduro y no el del líder bolivariano en los carteles electorales me ha generado una situación extraña, de angustia, de caer en la cuenta de que Venezuela está incompleta sin la persona que dirigió el cambio. Sin embargo, el pueblo, en abstracto, y cada uno de sus miembros, con nombres y apellidos, mantiene vivo el legado. Como se corea aquí en las manifestaciones, "Chávez no murió, se multiplicó". Son ellos quienes emocionan. Son ellos los protagonistas.

El domingo... falta Chávez.

Sin embargo, su proyecto sigue en marcha. Y los encargados de llevarlo a cabo, dispuestos a no dar ni un paso atrás.

/
azken post-ak
azken iruzkinak