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Haciendo historia

«Esto es historia», argumenta un compañero foráneo comparando su presencia en el proceso venezolano con el apoyo internacionalista que recibieron revoluciones como la nicaragüense. Cuba, Nicaragua, Venezuela, forman parte de nuestra iconografía. No seré yo quien niegue que lo que ocurre en estos momentos en este país caribeño constituye ya algo que perdurará en el futuro. Mucho menos ahora, cuando son las 4:00 de la mañana en el barrio 23 de Enero de Caracas (10:30 en Euskal Herria) y uno se despereza en medio de atronadoras marchas combativas, cohetes y fuegos artificiales, con la voz de Hugo Chávez proclamando «los que quieran patria, vengan conmigo» y las primeras colas de votantes en los colegios dos horas antes de su apertura. Algo decisivo está ocurriendo. En este ambiente, la única opción viable es someterse al síndrome de Estocolmo bolivariano.

La solidaridad, las ganas de cambio, la subversión (en definitiva, la izquierda) no pueden explicarse únicamente con estadísticas. Podemos hablar de programas de vivienda, de índices de alfabetización, de reordenación geopolítica en América Latina. Todos estos constituyen argumentos de peso. Pero incluso presentando el balance de beneficios sociales, desarrollo humano y profundización en la participación, existe un componente emocional que no se puede dejar de lado. Luchamos porque sentimos y nos emocionamos. Y viceversa. Existe un lenguaje común que provoca que se te pongan los pelos como escarpias en una marcha bolivariana en Caracas, en una manifestación en Iruñea o durante la conmemoración de la Nakba en Palestina.

No pretendo que este alarde de entusiasmo se confunda con adhesión cuasi religiosa. Todo proceso tiene retos pendientes. El «sí pero» es un argumento manido al hablar sobre Venezuela, pese a que considero que compartir los debates, aportar y señalar las deficiencias debería entenderse, aquí y en Euskal Herria, como sinónimo de apoyo y mejora.

Sin embargo, en este momento, no me sale hablar de los déficits, sino desde las tripas. Como suelo bromear con un colega cuando discutimos sobre discursos políticos, uno siempre prefiere estar del lado de los buenos. Y aquí, en Venezuela, el lado de la barricada está claro. Para cuando se lean estas líneas, los resultados de unas elecciones clave ya serán públicos. Mientras tanto, aquí y ahora, en los bafles de la Coordinadora Simón Bolívar se escucha: «Hasta la victoria siempre».

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