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Una imagen de la "dictadura" venezolana

dictadura

Caracas; domingo 30 de septiembre. La gigantesca marcha opositora ha concluido con un miitin del aspirante a la presidencia, Henrique Capriles, en la avenida Simón Bolívar. Tras el baño de masas, los fieles a "el flaco" desfilan por las principales arterias del centro de la capital de regreso a casa. En una pequeña plaza, un "punto rojo" donde activistas bolivarianos, megáfono en mano, tratan en vano de convencer a la mara caprilista de las bondades de la revolución. Algunos de los "escuálidos" (que es como califican despectivamente los partidarios del Gobierno a la oposición) se acercan al estrado, hacen burlas, levantan el puño con desprecio y se ponen estupendos. En unos segundos, retoman su camino. Y no ocurre nada. Los derechistas siguen su camino mientras que el megáfono sigue enumerando los logros en educación, sanidad o vivienda. Frases que, básicamente, caen en saco roto, ya que el 90% de los oyentes proceden del cierre de campaña antichavista.

Esta imagen electoral ocurrió el domingo en ese país cuya oposición denomina "dictadura". Tras ser testigo en primera persona de la escena, uno se plantea que, para ser un régimen totalitario y en el que se prohibe la expresión de ideas, los opositores andan muy sueltos por las calles.

"Esto es una dictadura", me intentaba convencer una joven manifestante en el inicio de la larga marcha. Y yo miro a mi alrededor y compruebo que, delante de mí, decenas de miles de personas desfilan contra el Gobierno. Y apoyan a otro candidato, que compite con el del Ejecutivo. Algunos cantan "el que no se agache es familia de Chávez". Otros, "Chávez, de pana, te queda una semana". Y no pasa nada. No veo policías identificando, ni antidisturbios obstruyendo la marcha; ni siquiera militantes bolivarianos amenazando a los atemorizados opositores. Al contrario. A los seguidores de Capriles se les ve eufóricos, "arrechos", que se diría aquí. Vamos, como debe de ser en una exhibición de fuerza electoral en la recta final de una campaña. Se lo planteo a mi interlocutora y ella duda. "Bueno... esto es una dictadura... a medias". Llegados a este punto, a mi me da que no tiene muy claro qué es eso de que no te dejen presentarse a los comicios. Que tenemos conceptos bien distintos de lo que son unas elecciones democráticas.

Cuanto más escucho o leo esa coletilla que une la palabra "dictadura" a cualquier comentario sobre el sistema político venezolano, más reflexiono sobre qué piensa esta gente acerca de lo que es la democracia. Y he llegado a la conclusión de que, para ellos, democrática es toda aquella elección que no cambie el sistema y reduzca las disyuntivas a un intercambio de cromos. Toda cita con las urnas que se limite a un "quítate tu para ponerme yo", a un turnismo descafeinado en el que incluso el derrotado puede sentirse tranquilo, ya que unas posaderas con su misma denominación de origen calentarán su silla hasta las próximas elecciones.

Claro, que entonces no estamos hablando de una dictadura. Solo de las valoraciones unos sectores que se sienten tan íntimamente aferrados a las estructuras de poder que, cuando las pierden, somatizan el hecho como algo antinatura. Para ellos, dictadura es todo aquel sistema en el que no gobiernen. Aunque sea a través de las urnas.

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