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Las cuentas "B" no se investigan

El PP intenta desviar la atención sobre el enésimo escándalo que enfanga Génova 13 hasta los cimientos. Serán casualidades de la vida, pero todos y cada uno de los tesoreros de las últimas dos décadas (Ángel Sanchís, Rosendo Naseiro y Luis Bárcenas) han terminado con un expediente que investiga sus tejemanejes contables. Ante tales antecedentes, uno puede comprender la poca credibilidad que puede ofrecerle el discurso de la actual secretaria general, María Dolores de Cospedal, que promete revisar los papeles como si, por arte de birlibirloque, alguien hubiese olvidado algún  en algún cajón. Algo que, por otra parte, la derecha española ya prometió que había hecho tras saltar la «trama Gürtel» hace tres años. Dice Cospedal que «no le consta» el tema de los sobresueldos. Acepta los 22 kilos que Bárcenas guardaba en Suiza pero se escurre de los sobres. Y promete, con gran solemnidad, una doble auditoría.

En realidad, la investigación interna que promete la derecha española no se limita a ser una cortina de humo. Va más allá. Constituye un hongo nuclear, la gran muralla china en forma de nube negra, una fumata oscura y pestilente basada en el engaño y en el profundo convencimiento de que la ciudadanía es gilipollas. Señora Cospedal: las cuentas «B» no se auditan. Es imposible. Su propia condición de dinero negro y, por lo tanto, ilegal, lo ubican en otros parámetros, porque lo contrario significaría asumir un delito económico a gran escala que ubicaría al PP en la condición de organizacióin ilícita. Claro que alguien, Bárcenas o quien fuese, contabilizaría esos flujos y los mantendría bien cuadraditos. También Pablo Escobar dispondría de sus libretas. Todo negocio, legal e ilegal, controla sus balances de gastos e ingresos. Pero resulta inconcebible que una organización que se presenta como garante de legalidad salga ahora y nos muestre sus inconfesables fondos.

Ni la auditoría ni la investigación parlamentaria sirven absolutamente para nada. Lo primero, por lo anteriormente expuesto. Lo segundo, porque nos encontraríamos ante una grotesca nueva escena de ese repetitivo teatro del "y tú más". Lo hemos visto en otras ocasiones. Como dice el narrador de "El club de la lucha", esto solo puede ser definido como "la copia, de una copia, de una copia". Ni siquiera una intervención judicial tiene garantías. A nadie se le escapan las afinidades de los magistrados ni las cercanías de togas y púlpitos, que comparten restaurantes y reservados exclusivos donde, ahí si, se trata la cínica alta política. Tampoco se puede pasar por alto la ingeniería económica, ni los favores ni el hecho incontestable de que todos los actores de este gran fraude pertenecen a la misma casta. Al final, como mucho, hallaremos un discurso dominante que señalará a una "manzana podrida" y repetirá el infame argumento de que "eso era antes".

De lo que estamos hablando es de un sistema poítico, el del Estado español, corrupto hasta los tuétanos, de una estructura podrida que intenta ahora apuntalar unas vigas corroídas y en cuyos agujeros se esconden sobres con billetes pequeños y sin marcar. Hablamos de un régimen en descomposición. O no. Porque, por desgracia, la corrupción está tan asumida que casi son más los que piensan que, como en el caso de Silvio Berlusconi, ellos habrían hecho lo mismo.

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