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El realismo mágico de Pedro Sánchez

La gran cuestión de la repetición de elecciones es saber cuál será el precio que Ciudadanos y PSOE pondrán para apoyar a un presidente del PP. Más concretamente, si tendrán la fuerza suficiente como para pedir la cabeza de Mariano Rajoy o si, por el contrario, el siempre previsible inquilino de La Moncloa será capaz de aferrarse al cargo como si nada hubiese ocurrido en los últimos cuatros años, obligando a sus previsibles socios a apoyarle o abstenerse por la siempre útil «responsabilidad de Estado». Dando por hecho que la situación no variará excesivamente, alguien tendrá que ceder, porque una nueva repetición de elecciones sí que sería chanante.

Las palabras de Pedro Sánchez, líder del PSOE, que asegura que no será jefe de Gobierno si depende de los votos de Podemos, son un intento de volver a la casilla de salida que servirá para amarrar a los convencidos, que todavía no han huido en estampida, pero no le convierte en ganador. Ni siquiera se trata de una afirmación novedosa, puesto que fue el acuerdo del Comité Federal de finales de diciembre de 2010 2015 el que cerró la opción de un pacto con Pablo Iglesias y forzó el teatrillo inútil con Ciudadanos. Insistir en estas tesis ahora, en plena precampaña, es asumir que su única propuesta es zambullirse en un mundo de realismo mágico en el que el Ferraz menguante se cree su propia mentira de mandar en solitario o junto a Albert Rivera. Esa opción fue inviable en diciembre y volverá a ser imposible en junio. Sin embargo, Sánchez se empeña en dibujar un Macondo idílico, edificado con los cimientos de 1978 y en el que el PSOE es capaz de enarbolar el «cambio» a pesar de haber apoyado las políticas del desastre.

Sabemos que Sánchez manda en el PSOE a día de hoy, pero nadie garantiza que siga como jefe después de que se abran las urnas. El miércoles pasado, mientras se hacía la foto en Berlín con el vicecanciller y líder del SPD, Sigmar Gabriel (que gobierna en «gran coalición» con Angela Merkel), Susana Díaz aprovechaba su ausencia para marcarle el terreno desde Madrid y recordarle que los «barones» tienen alergia a la coleta. Volvemos al punto cero. Con los corsés impuestos en un partido que no controla, Sánchez solo puede vender humo. Ninguna encuesta le vaticina ni la más mínima oportunidad de superar al PP y, por el contrario, hay muchos estudios que prevén que pueda ser superado, sea en votos, en escaños o en ambos, por la unión entre Podemos e Izquierda Unida. Al final va a ser que el cuento chino de que «la ciudadanía votó pacto» quedaba muy bien como eslogan pero no tenía nada que ver con la realidad. La gente votó lo que le dio la gana, que es lo que suele ocurrir. 

Como escribía recientemente Lucía Méndez en «El Mundo», la clave en estas elecciones está en el PSOE. Él es el régimen y actualmente la bisagra. Para su desgracia, no hay escenario bueno posible. Eso tampoco implica una mayor opción de democratización, porque lamentablemente no hay todavía músculo en el Estado para abordar los nudos claves como el derecho a decidir de Catalunya o Euskal Herria. A pesar de que se hayan presentado estos comicios como la «madre de todas las batallas», la correlación en las naciones periféricas sigue siendo mucho más favorable para las fuerzas transformadoras. Como hizo ya en Nafarroa hace una década, ante la disyuntiva entre apuntalar el régimen o mantener el barco a flote, es muy posible que el PSOE opte por la primera de las opciones. Los hundimientos, además, no suelen ser procesos vertiginosos, se parecen más a un deshielo continuado. Condenado a elegir entre Guatemala y Guatepeor, observar cómo Ferraz se hunde progresivamente en el fango será, probablemente, el momento más edificante a partir del 26J. 

 

 

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