Koldo Campos
Koldo Campos
Memoria que respira y pan que se comparte

Demasiado tarde

La credulidad que dejó de merecernos el flautista de Hamelín, la convicción que perdió la Cenicienta, la confianza que no nos da el gato con botas, ahora nos las brindan los medios.

No hay rasgo que mejor defina la infancia que la ingenuidad, esa cándida inocencia que, precisamente, cuando se pierde nos condena a 30 y un día de adultez.

Una triste mañana, en medio de un fragor de sueños rotos, acabamos descubriendo que los reyes, incluso los magos, son unos sinvergüenzas; que los siete enanitos eran antropófagos y la hermosa Blancanieves una madame de lujo; que la muerte nos ronda y nos sorprende tanto como la vida y que el temible hombre del saco era mi padre.

La cometa queda anclada en los cables, inalcanzable, y acabamos poniéndonos los pantalones largos ya convertidos en «personas de bien y de provecho». Los grandes medios de comunicación pasan entonces a ser los encargados de servirnos los cuentos a los que, poco a poco, llamaremos pensamiento.

Y pasarán también los años, entre tanta razón avergonzada y fe desvanecida, y seguiremos, «personas de bien envejecidas» confiando el criterio que aún nos quede a los cuentos de los grandes medios, los de todos los días, desagüe para sueños que pudieron tener mejor destino.

La credulidad que dejó de merecernos el flautista de Hamelín, la convicción que perdió la Cenicienta, la confianza que no nos da el gato con botas, ahora nos las brindan los medios.

Demasiado tarde confirmamos que debimos haber seguido siendo Peter Pan.

(Preso politikoak aske)

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