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Dios existe

 

La primera prueba de su existencia la tuve en el 2006. Fidel Castro se encontraba enfermo y, en Miami, la gusanera salió a la calle festejando la grave dolencia del dirigente cubano y a la espera de que Dios complaciera sus deseos: “¡Que muera el dictador! ¡Que muera el dictador!”

Y Dios los complació. En agosto de ese año moría en Paraguay el dictador Alfredo Stroessner.

Tal revés no desanimó a la gusanera en Miami que insistió en que Dios atendiera sus ruegos aunque, eso sí, matizando que no era al dictador paraguayo a quien querían muerto sino al otro, al hijo puta. Y Dios volvió a complacerlos. En diciembre moría Pinochet.

La segunda prueba de que Dios existe la tenemos todos los años en Semana Santa, cuando la lluvia impide los cortejos de la Macarena, de las Siete Palabras o del Jesús del Gran Poder ante la desolación de nazarenos, manigueteros, pertigueros, acólitos, fariseos, palmeros, portaestandartes, flagelados, crucificados, caballería, soldados romanos y pueblo de Belén en general, turistas incluidos, que en lugar de aceptar la lluvia como penitencia y empaparse una vez al año de meas culpas, que al fin y al cabo también llovía en el Calvario, insisten en que sus oraciones sean atendidas por Dios y que el sol haga posible la indescriptible emoción contenida durante un año, ese fervor popular que levanta los pasos bajo cuyos faldones corre el aguardiente tanto como la cera por las calles. Tan acostumbrados como están a encontrar en el buen tiempo pruebas de la voluntad divina, no entiendo porqué no se les ocurre considerar, también como señal divina, los aguaceros en esos días, porque tantas húmedas circunstancias como han venido acompañando las procesiones sólo pueden ser indicio de que Dios existe y, simplemente, se ha cansado de que se tome su nombre en vano apelando al sabotaje del agua como forma de expresar su indignación; de que Dios no quiere penitentes descalzos ni envenenadas saetas, que no acepta que se suban los precios de las sillas y los palcos, ni la sobreventa de balcones y terrazas o el llamado “Rito de los Caramelos” que promueven las hermandades en su página wep; de que Dios ya está aburrido de tanta mojiganga y cofradía, de tanto capirote, de tanta hipocresía, de tanta vela en tan ajeno entierro, que Dios ya está harto de que sigan perpetuando la pasión de su hijo como turístico reclamo de vulgares mercaderes.

La tercera prueba de la existencia divina ocurrió en el 2011, durante la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid, cuando después de anticipar más de 40 grados de infierno durante todo el día a la muchedumbre que esperaba al Papa Benedicto XVI (Ratzinger), debiendo ser atendidos más de un centenar de peregrinos por lipotimias, ya en la noche y en medio de la explanada se dieron cita el cardenal Rouco Varela, el Papa y… la lluvia.

“Dios nos manda sus bendiciones en forma de lluvia” declaró el Papa debajo del paraguas para consuelo de los asistentes. Y Dios, que también lo oyó, no quiso desmentir al Papa ni dejar sin regalo al cardenal Varela que ese mismo día cumplía años, y desencadenó todas las bendiciones que le quedaban en forma de vendaval llevándose por delante el solideo papal y derribando la cruz de las JMJ. El impresionante diluvio tumbó carpas, provocó varios heridos y creó el pánico, llegando a dañar, según se publicó en los medios, 600 mil hostias que habrían de engullirse al día siguiente. “Que ninguna adversidad os paralice” aún tuvo tiempo de agregar el Papa antes de interrumpir su discurso y salir corriendo.

Con independencia de otras pruebas que puedan agregarse a estas tres que recuerdo lo que ya se puede concluir es que, efectivamente, Dios existe y, además de cubano, trabaja como meteorólogo y, sobre todo, tiene un gran sentido del humor.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)

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