Por estos lares el pasado 19 fue festivo; festivo, no en el sentido de «hecho para hacer reír o hacer gracia», como apunta una acepción del María Moliner, sino en el de festejar. Se conmemora a San José, el «Día del Padre». Mencionarle a José, todos los años, el asunto de la paternidad putativa, me parece de una crueldad innecesaria. Desde un principio tuvo el de Nazaret la mosca detrás de la oreja; no era el viudo un profano en asuntos reproductivos, pues había sido padre de seis vástagos con su primera mujer y ni lo del miembro de la especie columbiforme, ni lo de la concepción por la voz de Dios mediante un arcángel a través del pabellón auditivo, procuraban una mínima tranquilidad al carpintero. Y encima, María la virgen, según las crónicas, rondaba entre 12 y 14 años. No teniéndolo nada claro, fueron los rabinos quienes eligieron al nonagenario Yôsef para desposar a María pues, de todos los viejunos pretendientes para proteger su honor, únicamente a José le floreció un nardo en la vara (sic) siendo ello la señal divina, a juicio de los sacerdotes, que obligó el desposorio entre anciano y púber.Al quedar la niña encinta sin su participación, como judío devoto, pensó mandarla a lapidar, así lo manda el Talmud, pero como la experiencia de sus 90 años habían relativizado la intransigencia de los juicios a priori acerca de los dogmas y como, además, no era mal tío por ganarse el pan currando en la serrería, tragó con lo de la paloma. Pero, hostias, ya está, vamos a dejarlo en paz, que aguantó chismes y habladurías hasta su muerte acaecida a los 111 años. Y ahora, en el documento de acercamiento del PP para facilitar pactos con Vox, en uno de sus puntos, hace hincapié en «reivindicar el papel fundamental del padre». No en vano Vox el pasado jueves pidió en el Senado «reconocer la figura del padre como «pilar insustituible» de la familia y la sociedad». Fundamentan su argumentación en "La sombra del Padre. Hª de José de Nazaret" de Jan Dobraczynski, un católico polaco. Con un poco de María, la risión.