Ojeando un diccionario, uno de aquellos libros que definían las palabras, di con la acepción de «aquiescencia» como: el asentimiento, aprobación o consentimiento pasivo que se da a una propuesta, decisión o acto ajeno, a menudo inferido del silencio o la falta de oposición. Me sonó a sumisión, como si la aquiescencia fuera una forma de identificación forzada con el poder constituido resultado de un sometimiento a la amenaza de coerción y así, mientras dure la amenaza y, por ende, la aquiescencia del amenazado, el poder podrá contar con la obediencia habitual a sus dictados. Dejó escrito Macfarlane que «la condición ideal para mantener la tiranía no es que el tirano y sus seguidores reúnan la fuerza suficiente para estar en disposición de conjurar cualquier rebelión de los oprimidos, sino la de que estos no sean capaces de llegar a concebir la posibilidad de zafarse del yugo». Y así estamos, con unas instituciones internacionales incoherentes e ineficaces, aturdidos y sumisos frente a los dictados del Emperador. Hablan de un Trump imprevisible. No es eso, no. Un emperador, al decir de D. Zolo, decide en cada oportunidad sobre casos particulares y lo hace sin fijar principios normativos ni comprometerse al respeto de reglas generales; el poder imperial es incompatible tanto con el carácter general de las leyes como con la igualdad jurídica de los sujetos del ordenamiento internacional. Una igualdad de las naciones ante la ley impide la existencia del imperio, por tanto EEUU se constituye fuente soberana del nuevo derecho internacional; su autoridad imperial determinará qué Estados podrán ser vasallos y merecer su paz y cuáles otros del Eje del Mal merecerán sus «guerras preventivas». Es esto o recuperar la dignidad. Digno: el que obra, habla, se comporta, de manera que merece el respeto de los demás y de sí mismo, que no comete actos que degradan o avergüenzan, que no se humilla y que no tolera que le humillen. Volver al diccionario para dar sentido a las palabras o, lo que es lo mismo, a la vida humana.