Gloria Rekarte
Gloria Rekarte

Todos tan cómplices

Lo que sacó a Galindo de prisión no fue su mala salud, sino la buena salud de la que siempre ha gozado la impunidad de los torturadores.

Por esas jugarretas de la Casualidad, Enrique Rodriguez Galindo, torturador, fue a morir en la misma fecha en que cuarenta años atrás lo hacía Joxe Arregi, horas después de ingresar en prisión y cuando ya la vida se la habían arrancado, golpe a golpe, en las infernales sesiones de tortura que siguieron a su detención. A Galindo se lo ha llevado el coronavirus dieciséis años después de ser puesto en libertad debido a sus problemas respiratorios y cardiovasculares y a su avanzada edad, según reza el enunciado oficial. El incontable número de presas y presos que, con esos mismos problemas y aún mucho más graves, y con la misma edad y aún más avanzada, continúan en prisión, dará fe de que lo que sacó a Galindo de prisión no fue su mala salud, sino la buena salud de la que siempre ha gozado la impunidad de los torturadores.

Muy buena porque se ha alimentado de todas las voces habladas y escritas, de los medios; de los tertulianos, los jueces y los políticos; de los apolíticos, los demócratas y los fascistas; de los de izquierdas, los de derechas y los de en medio. De todos los que han hecho causa común con la práctica sistemática de la tortura desmintiendo su existencia, condecorando torturadores o, sencillamente, callando, que la impunidad necesita mucho silencio. De todos. Todos tan necesarios, todos tan cómplices.

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