Iñaki Lekuona
Iñaki Lekuona
Irakaslea

Once

Es difícil predecir el precio que alcanzarán, pero a todos nos costará once, infinito, porque eso que debiera ser patrimonio histórico y cultural de este pueblo, acabará vendido al mejor postor.

En la borgiana Casa de Asterión, el número catorce es sinónimo de infinito. En euskara, lo es el once, exactamente la cantidad de lotes repletos de puntas de flecha, de buriles y rascadores, de abalorios y amuletos, todos ellos fragmentos infinitos de la prehistoria de Euskal Herria que fueron excavados en las cuevas de Izturitze y Otsozelaia y que si nadie lo impide se subastarán en París a finales de este mes como si de objetos privados se trataran.

Es difícil predecir el precio que alcanzarán, pero a todos nos costará once, infinito, porque eso que debiera ser patrimonio histórico y cultural de este pueblo, acabará vendido al mejor postor.

Como al mejor postor iba a acabar el terreno agrícola de Arbona que, gracias a una ocupación, finalmente va a ser recuperado para que baserritarras del entorno puedan usar esas tierras para otro fin que no sea la artificialización urbanística, el virus que tras llenar de hormigón la costa de Lapurdi se está internando hacia el interior como una mancha de aceite que huele a millones de euros a miles de kilómetros de distancia.

Y estando en esas, alguien nos recuerda que hace 20 años, un once del mes de septiembre se quebró un imperio. Y desde aquí, desde la infinitésima parte de este mundo apresado por los que quieren vivir de la venta de nuestro patrimonio, alguien comenta aquello de hamaika ikusteko jaio gaituk. Once. El infinito.

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