Me lo contó una amiga, sobre la muerte de su madre. Al parecer, en ciertos montes navarros existía la creencia de que vendrán las lobas para guiarte hacia el más allá. En realidad, una manada. Lobas, lobos... Su visita era dulce porque la muerte es la vida misma. Muchas cosmovisiones nos hablan de los psicopompos: seres benignos, de diferentes formas, según cada cultura ancestral, que nos acompañarán en ese tránsito tan inevitable como desconcertante. Benignos como el demonizado lobo en esta hermosa leyenda nuestra. Ella me contó que su amatxo fue describiéndole los colores del pelaje de cada una de las lobas que venían a llevársela, sonriendo, dichosa, en un último rapto de lucidez. En Galiza, las mujeres patriarcalmente desdichadas, huían para unirse con las lobas. Esta es la única fábula de licantropía femenina y feminista que atesoramos en Europa. A mi amada Majo se lo reveló su abuelo, justo antes de morir.Pasé el día 31, cuando las vivas y las muertas podemos bailar más apegadicas que nunca, embriagada por el culto comunitario a la Santa Muerte, en el mexicano barrio de Tepito. Deidad calavérica y preciosa, narcosanta, tan católica como neopagana, renacida con el nuevo milenio. Más piadosa con los pecados penales que ninguna otra, adoradísima por un pueblo que no paró de repartir manjares y amor a cualquiera toda la noche. Acaba de emanar en esas calles un nuevo ídolo, demonio dorado de jubilosa verga. Alguien puso a sus pies un ramo de flores naranjas envuelto en papel de Hello Kitty. Somos sincretismo puro, impuro, suma y sigue, supervivencia constante y exultante. Después, un cementerio en Xochimilco. Anhelante confirmación de que en Euskal Herria, no lo dudo, también hubo una época antes de ser conquistadas, en que lloramos y bailamos y reímos y hablamos bajito y a gritos y cantamos y nos desfogamos comunitariamente con nuestras ancestras. Hacía trece años que no volvía a México, el acoso callejero a las mujeres ha pasado de asfixiante a anecdótico. Bendito feminismo y benditas lobas.