En sus últimos años de vida, mi amatxo rompía a llorar ante los desahucios televisados. Al ver esos lagrimones recorrer su cara, yo servía un vasito de vino para cada una y me sentaba a su lado. Teníamos techo, aunque no pocas veces nos vimos al borde del abismo económico. De cualquier manera, presenciar como expulsan a alguien de su casa es de una violencia insoportable. Ya lo dice la luminosa Pamela Anderson: lo que más miedo da siempre es la Policía. Antidisturbios metiendo sus dedazos en los ojos de la gente que ha tratado de impedir durante horas que sacaran de su casa para siempre a una anciana llamada Maricarmen, una casa en la que llevaba viviendo 71 años. Hasta la ONU intercedió por ella, para nada. La arrancan de su hogar en camilla, ya no puede caminar, y pienso de todos los ejecutores, ambulancieros incluidos, ¿no tenéis madre? Hace poco viví el desahucio por sorpresa de una gran amiga, ya ni se aseguran de que estés al menos al tanto de que la maquinaria judicial se ha emprendido contra ti. En pocos meses, y aunque sigas pagando lo que puedas, estarás fuera. El ensañamiento es atroz porque no ha podido recuperar sus pertenencias. Un mediodía vi a la propietaria bajando las cosas de mi amiga, con la sonrisa satisfecha de haber ganado. Lucía pendientes con la sandía pro Palestina, seguro que cree estar situada en el lado correcto de la Historia. Y que al ver a Maricarmen ser expulsada a sus 87 años de su hogar se ha indignado, y enseguida ha descartado ser ella parte del problema, aunque haya arrojado a su inquilina a traición y se niegue a devolverle sus cosas, recuerdos familiares incluidos. Hay mucha gente que cree ser de izquierdas pero culpa a quien cae de su caída: algo habrás hecho, o algo no habrás hecho para caer. La solidaridad de clase de boquilla, en un mundo tan injustísimo como este. Pero solo hay una certeza anticapitalista: la acumulación de riqueza siempre viene del extractivismo. Y casi cualquiera podemos caer.