Itziar Ziga
Itziar Ziga
Una rubia muy ilegal

En defensa de la familia… queer

He aprendido muchísimo de las madres y padres de mis compinches queers, de sus complejidades familiares, de sus evoluciones positivas a lo largo de las décadas

Ella vino desde Lyon a recoger a su hijo, recién muerto por sobredosis. Era nuestro amigo: yonky, maricón y un activista anarcoqueer de la hostia. No tenía demasiada relación con la familia, por todo lo anterior. Dentro de su desolación, aquella mujer encontró cierto consuelo al conocernos: le queríais, le cuidabais, os importaba, tenía una familia, sois una familia… Así cubrió todos los años que se había perdido de la vida de su hijo por mandato heteropatriarcal. No, no éramos monstruos, no éramos oportunistas acompañantes de vicios. Tampoco ella era ese monstruo que parió una criatura para no quererla. A la gente no le sale odiar a maricones, bolleras y transexuales porque sí, porque se me acaba de ocurrir a mí sola mientras fregaba el suelo. Menos aún cuando son su carne.

Recorro una serie que la está petando, llamada como aquella canción de expiación marica: “It’s a sin”. Fabulosos Pet Shop Boys. Gente que nació cuando el SIDA ya no era mortal encandilada con nuestra anterior y silenciada pandemia. Londres, euforia sexual en una comunidad gloriosamente torcidica a principios de los ochenta. Y vuelvo a ver retratadas, como en “Pose”, como en “Veneno”, como entre mis amigas de todo pelaje, la preciosa capacidad de cambiar, aceptarse y mejorarse, o de no hacerlo, que tienen las familias. Todo vínculo se transforma, porque está vivo. Incluso la familia patriarcal.

He aprendido muchísimo de las madres y padres de mis compinches queers, de sus complejidades familiares, de sus evoluciones positivas a lo largo de las décadas. Antes juzgaba más a las familias ajenas: me he quitado de esa horrible costumbre, gracias a ellas. Alguna vez presioné a una amiga bollera para que saliera del armario en Nochebuena, después me disculpé. Ahora, me derrito de amor y posibilidad revolucionaria al contemplar que fueron a su ritmo, y se encontraron. Al final, éramos las pervertidas quienes salvaríamos la familia.

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