Di en voz alta fibromialgia, con todas sus letras. Es impronunciable. Teniendo en cuenta que este síndrome doloroso, y por ahora incurable, afecta mayoritariamente a mujeres, nos hacen parecer bobas no sabiendo ni decir qué enfermedad tenemos. La fi-bro-mial-gia suele ir asociada a otra dolencia, bastante femenina también, que para colmo se llama fatiga crónica: resuena a damisela vaga y quejica. ¡Qué hostia tienen, si trabajamos mucho más que ellos! Pongo el coño en el fuego a que los nombrecitos son obra de algún misógino batablanca. Eso sí, antes de ser diagnosticada con semejantes palabrejas te mandarán directa a psiquiatría: por esto sí que pongo el mismísimo en el fuego. Las enfermedades de las mujeres se diagnostican tarde y mal por defecto, no exagero. Las facultades de medicina, en las que nosotras solo podíamos entrar muertas, se erigieron sobre las cenizas de las acusadas de brujería, las médicas de antaño. Venga, va, sigamos con los palabros: endometriosis. Hasta hace nada, nos han recetado ibuprofeno para una desgarradora enfermedad que afecta a una de cada diez menstruantes. ¡Si es que hasta niegan que tengamos próstata, niegan un órgano en la mitad de la población! Por no hablar de la tortura médica en el parto... El medicamento más imposible de encontrar hoy en nuestras farmacias se llama Lenzetto. Esto me cuenta Ira Hybris, amada bruja y pensadora. «El Lenzetto es lo más, es una pistola de ciencia ficción que lanza estrógenos y que no es lesiva. Motivo de más para que las mujeres menopáusicas y trans nos unamos contra la privatización farmacéutica y garanticemos un acceso libre, universal y gratuito al tratamiento. De hecho, podemos pensar en una utopía en la que todas las personas pueden acceder de forma elegida a tratamientos hormonales, sin mayor razón que la autoexperimentación y el juego». Amatxo maitia, una rebelión de mujeres trans y menopáusicas, junto a todas las demás patologizadas y ninguneadas del sistema: seríamos imparables.