Itziar Ziga
Itziar Ziga
Una rubia muy ilegal

Réquiem por la Hendaia desnuda

Maripi me contó que, tras treinta años disfrutando de la zona nudista, la Policía le había ordenado taparse. Nueva ordenanza puritana.

A mi amatxo le fascinaban las ancianas en topless que poblaron la playa de la Concha en los ochenta: ultrabronceadas, exultantes, cubriendo el mínimo reglamentario de sus carnes divinas con un tanga, dichosas en su propia piel. La liberación tras una dictadura larguísima y atroz les alcanzó cuando sus pezones apuntaban al suelo, pero decidieron no perdérsela. Ni para pasear por la orilla se tapaban aquellas viejas radiantes que no tuvieron relevo en la bahía: treinta años después ya no hay tetas bajo el sol, apenas las mías. Tetas de mujer, incluso de niña: se entiende. Se entiende patriarcalmente.

En la sedosa arena de la Concha, al lado de las longevas despelotadas, se alzaban de pronto extrañas criaturas informes, agitándose con desgarbo sin rebasar su contorno, como si un saco de tela se hubiera tragado a una mujer y ella buscara la salida. Era eso, salvo que el saco de tela lo habían traído ellas en la bolsa de playa, y lo utilizaban como vestidor para cambiarse de vuelta a casa sin descubrir esas zonas de nuestros cuerpos que la Iglesia demonizó para dominarnos. Los habían cosido ellas, y apuesto a que en pocos años reutilizaron tanta tela, porque dejamos de ver a las mujeres que entraban y salían del saco. Mi ama y yo nos divertíamos observando semejante aparataje, pero vaya equilibrio se gastaban para que un traspiés no las dejara con el coño al aire. Apuesto a que ellas también abrazaron su propia liberación, despojándose del pudor impuesto y del maldito saco, quizás inspiradas por sus vecinas de arena, las dichosas viejas que ofrecían sus tetas caídas al sol, al mar y al viento.

A principio de verano, me volví a encontrar con Maripi, Juani y su maravillosa prole. A veces, algunas preciosas veces, no hay nada más queer, más libre, más amoroso ni más divertido que una familia. Habitan una casa encantada en Hendaia. Maripi me contó que, tras treinta años disfrutando de la zona nudista, la Policía le había ordenado taparse. Nueva ordenanza puritana. ¿Acaso queda alguna duda de que seguimos teniendo una revolución sexual pendiente?

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