Querida dragona arcoíris, No es una carta de despedida, aunque te hayas ido. Es un mensaje a otros planos y a otras latitudes. Ya no te contiene un cuerpo, pero no vamos a dejar de hablarte. Desde que empezaste el viaje intergaláctico que casi nadie acierta a entender, ha explotado en nuestras casas, en nuestro barrio, en nuestra escuelita y en nuestros corazones, un artefacto de amor que lo impregna todo de ti. Suenas en las canciones y nos contagias de bailes, brillas entre los árboles de hoja perenne. Has ocupado los lugares como el gas que no pide permiso. Nunca pediste permiso, siempre te admiré por eso. Te admiré y tú lo sabías. Te observaba dirigir los cotarros de la gente de 6 años que tiene la suerte de ser tu contemporánea. Entendí rápido que lo entendías todo, aunque a veces fuera mucho. Admiré tus pasos y tus decisiones, tan lúcidas y valientes. Nos has dejado las almas tatuadas. Recuerdo tu cara enmarcada en una diadema con orejas, plagadas de lentejuelas, mirarme con tus amigues sentaditas en el suelo, mientras os cantaba a los ojos desde más de un escenario. Recuerdo tus manos pequeñas dibujando un corazón y esa forma tan tuya de agarrar a los otros del brazo para llevarlos corriendo a descubrir algo bello. Esos ojitos tuyos, que vieron lo más profundo, me devolvían algo brillante que guardo como oro en paño. Nos duelen todos los huesos, eso huelga decirlo, aún estamos aprendiendo a querer sin poseer y a reír con otra risa y a encontrarte de otras formas. No me pienso despedir, ya te lo he dicho, ahora te haré promesas. No van a faltar abrazos a quienes querías mucho, de eso nos encargamos, no van a faltar tus fiestas ni los árboles con tu nombre. No van a faltar los gatos ni arcoíris dibujados ni las millones de letras que aún no acertamos a escribir del todo. Nos inventaremos el idioma para nombrarte en alto. La telaraña infinita que se tejió sigue en marcha, gracias por recordarnos a sujetarnos las manos Jare. Hasta absolutamente siempre querida viento del norte. Betirako. Betirako.