Me resisto al silencio más que a caer en desgracia. No rehuir a los abismos tiene sus consecuencias. Me precipito al amor, siempre al amor, con el fuego desbocado y con el tiempo eterno después del calor. Sus hojas en el suelo, todas las flores brotadas, hierbas rompiendo el cemento, pletóricas, marchitas, derramándose del pelo. Y a las olas de dos metros, a más miedo, más pecho. A lo mejor vivir será eso. Y a las aguas congeladas, hielo. Donde hubo lagos, hielo. Será por el alma vieja que aún se dejan respirar los humos. Y mira que están densos. Demasiado para todo, menos para el bolero. Pienso en el trovador cubano, uno de los primeros, allá por el XIX. No hablo de la danza española de compás ternario, un-dos-tres, un-dos-tres. Hablo de aquellos. Qué raros son los veranos mojándonos los pies coquetos al olor de los incendios. Buscando horizonte en el mar, al tiempo de los naufragios. El horizonte, ya me entendéis, el de la esperanza. Los tiempos de felicidad programada agudizan mucho algunos sentidos. Y las desgracias tuyas se vuelven gigantes. Y las de los demás ya son tuyas, a no ser que seas un pedazo de mierda. Como echar de menos en verano o pasar hambre o sed. Menudo trámite, cómo diría mi amiga Elvira. Hay tantos veranos como números en la cuenta, como formas de hacer la A. Tampoco es lo mismo hablar de verano madre o hija, ajena, parada o autónoma, esposa o amante, trompetista en una charanga, profesora de matemáticas, chico de 17 años saliendo de su pueblo por patas en busca de una oportunidad para puto vivir, llegando a otra frontera a recibir más hostias, presentadora de éxito o trabajadora de la limpieza en un barco de hijos de puta. No es lo mismo. Las olas significan tantas cosas de junio a septiembre que cada cual tiene su definición. Y una, vapuleada de pies a pelo por la ola hawaiana de una serie de catastróficas desdichas se sienta un día en el coche y deja sonar la música. Canta María Dolores Pradera y la canción viaja sin billete ni permiso hasta el mismo límite abismal de emociones y sentimientos que hacía rato no tenían tiempo. Porque no tocaba. Menuda movida decirles a los sentimientos que se sienten a esperar su turno. Así tenemos a las psicólogas más locas que nosotras mismas. Con nuestros quistes sentimentales, duros ya de aguardar su momento, mirándolas a los ojos de esa forma tan infantil, esperando que hagan la magia. Lloro con la primera frase. No sé si de alegría, nostalgia o necesidad, pero lloro con la fuerza de ese mar que no es de verano mediterráneo y sonrío sin ser yo la que dirige. Hay algo en la canción que fue siempre conmigo, aunque no me recuerde a mi madre ni a ninguna de mis abuelas. Algo tan antiguo que no tiene lugar en mi memoria y que, sin embargo, es propio. Es de mi cuerpo. Creo que lloré de belleza, de esperanza y de horizonte. Y después de un buen bucle y de acabar cantando sin afinar, como se canta para una, tuve una sola certeza. La belleza y la esperanza hacen el amor en las canciones. Y las canciones somos nosotras. ¿O son dos?