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Las navarras locas

Sacudió Miguel Sanz sus demonios en 2006: los navarros pueden «entrar en demencia y volverse locos» para cargarse nada menos que «la identidad del viejo reino». Así disfrazaba sus miedos a perder el poder (¿y más cosas?) el que fuera uno de los principales exponentes del régimen en Nafarroa, sucesor de Aizpún y predecesor de Barcina y Esparza. Y todavía con cuentas pendientes.

Eran los tiempos en que se abrían caminos a una solución dialogada con el horizonte de que la ciudadanía pudiera decidir su futuro. La derecha sacudía los mismos recursos al miedo que lo hace hoy, nueve años más tarde, para blindar el estatus de división territorial nunca refrendado por los propios navarros.

Y el paso del tiempo los hace todavía mas delirantes. Debía ser tal el pavor, que los partidos coaligados entonces en el gobierno autónomo, UPN y CDN, aprobaron en abril de aquel año una disparatada declaración institucional –sin parangón alguno en la historia de la democracia ¿mundial?–, por la que se rechazaba que los abertzales pudieran formar gobierno. Votaran lo que votaran los electores...

Este puede ser un loco fin de semana. Y Sanz tiembla. Como nunca en cuatro décadas.

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