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Ausencia de políticas comunes, virus «de Wuhan» y gripe «española»

Si algo ha quedado en evidencia en esta crisis es la ausencia total de unas directrices globales sobre una pandemia que, como su nombre indica, tiene alcance mundial.

Con la ONU en estado vegetativo –más allá de sus voluntaristas llamamientos a un alto el fuego en todas las guerras que asolan al planeta–, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) no tiene capacidad alguna para marcar políticas e imponer medidas sanitarias urbi et orbe.

Pero lo que es injusto es responsabilizar de ello a esas instituciones internacionales. No son la OMS ni la ONU las responsables de su impotencia, sino los estados, capitaneados por las grandes potencias, que bloquean, recelosos, cualquier atisbo de gobierno mundial. 

Ocurre lo mismo con la UE. Acusar a las instituciones comunitarias de no establecer políticas comunes –cuando ni siquiera tienen competencias a nivel sanitario– es, en este caso y al contrario que en el famoso dicho, quedarse mirando a la luna cuando los dedos atenazan nuestra garganta. Y los dedos son, como con la ONU, los estados miembros, liderados aquí por los más enriquecidos, que rechazan una política financiera y de endeudamiento público a escala europea que permita responder a una crisis económica y social que se atisba feroz.

Cada país está arbitrando sus propias medidas para afrontar el coronavirus y hemos oido y leido mucho sobre los modelos de respuesta: chino, surcoreano, anglosajón (EEUU y Gran Bretaña), y sobre las fórmulas híbridas entre ellos que están aplicando muchos páises, forzados más por las limitaciones de sus sistemas sanitarios que por la credibilidad de uno u otro.

Aunque la evolución de la pandemia por paises y continentes ya apunta tendencias, aún es pronto y el tiempo dará o quitará razones y pondrá a cada uno en su sitio.

Porque la autonomía de cada país para decidir cómo hacer frente a la pandemia no acaba ahí y alcanza a su política comunicativa. Los dos grandes, EEUU y China, se han enzarzado ya en un cruce dialéctico que no es más que otra expresión de la pugna por la primacía que protagonizan a nivel mundial.

Pekín airea la teoría conspiranoica sobre el origen (estadounidense) del virus y observa expectante cómo su rival sustituye a Europa como epicentro de la pandemia. Mientras, Washington insiste en calificar el Covid-19 de «virus chino» y alimenta los rumores que apuntan a que China estaría ocultando el verdadero alcance de la epidemia en su foco de origen.

¿Y en Europa? La disparidad de contagios y de víctimas por países genera confusión y los expertos se afanan por explicarla.

No hay duda de que las distintas prácticas por parte de cada país y el distinto potencial de sus sistemas sanitarios (prevención, cantidad de tests, índice de camas hospitalarias) explican en parte esas diferencias. Pero no totalmente, porque, siguiendo esa única premisa, un país como Grecia debería seguir la estela de los países del sur de Europa (Italia, España...), y no se da, de momento, el caso.

Expertos evocan factores climáticos, genéticos... y recuerdan, a su vez, que en estos casos siempre hay un margen para la fatalidad, o la suerte, imposible de explicar científicamente.

Ahora bien, lo que está difiriendo, también en el caso europeo, es el recuento de víctimas. Alemania y Francia han admitido que no incluyen entre los muertos a pacientes muertos por otras afecciones pero con coronavirus. Solo a los muertos por coronavirus. Al punto de que París ha anunciado que, en cuanto se levante el estado de alarma, dará cifras más completas.

Italia y España, países sobre los que también hay sospechas de que no están dando una cifra real de positivos, sí incluyen entre los muertos a las víctimas con, y de, coronavirus, la mayoría personas ancianas con dolencias crónicas derivadas de su edad.

La pandemia de principios del siglo XX pasó a la historia como «gripe española», pero no porque tuviera su origen en el Estado español ni porque fuera el más afectado. Simplemente porque informó de la tragedia cuando los países europeos, inmersos en las consecuencias de la I Guerra Mundial, optaron por ocultar la pandemia a sus castigadas poblaciones.

Esperemos, por el bien común, no estar asistiendo al mismo error.

 

 

 

 

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