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De estatuas, iconoclastas de parte y revisionismos paternalistas

Vaya por delante que no soy de ese tipo de «homo turisticus» que ve una estatua o una pintada o un mural y le saca foto, de frente, de perfil y gran angular. Simplemente, no me interesan.

Dicho esto, que seguro, y como debe ser, solo me importa a mí, confieso que sigo un tanto estupefacto la guerra a las estatuas que corre en paralelo con las protestas, absolutamente justificadas por la muerte por asfixia del negro George Floyd.

Tampoco seré yo quien salga a criticar esa fiebre que sacude a parte de los movimientos que participan en las protestas. Entre otras cosas, porque, ya puestos, creo que el destino de todo icono, por principio, debería ser quizás su derribo.

Lo que ya no tiene pase son las justificaciones de no pocos iconoclastas de parte. Que ven bien derribar una estatua y se llevan las manos a la cabeza cuando otros derriban otra. Los que ayer saludaron la decapitación en serie de estatuas de Lenin, Tito, Saddam... se escudan ahora en el respeto a la historia para denunciar el vandalismo de echar al río las efigies de esclavistas, colonizadores y generales negreros. Y viceversa.

Pero, además de la (humana) hipocresía de unos y de otros, hay un factor que me enerva todavía más. El paternalismo con el que los revisionistas de toda laya nos tratan a nosotros, pobres idiotas, a los que se ven obligados a adoctrinarnos en qué fueron, qué hicieron, y qué no hicieron todos esos próceres que engalanan las plazas de todo el mundo. Y que necesitamos ver cómo las derriban y que por contra nos prohíban ver 'Lo que el viento se llevó» porque somos incapaces de discernir entre ficción y realidad y entre épocas y contextos históricos y políticos distintos y determinados.

¿No será, acaso, que son ellos los incapaces de hacerlo? De ahí que lo disimulen con un paternalismo que evidencia, más que nuestra estupidez, la propia debilidad estructural de los que son incapaces de derribar sus propias estatuas mentales.

 

 

 

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