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El trago de asumir a Irán como potencia regional, no ya nuclear

Al firmar con Teherán el acuerdo nuclear en 2015, los EEUU de Barack Obama reconocían a Irán como potencia regional. Con el apoyo de las potencias nucleares europeas y de Alemania, ávidas por entrar en el suculento mercado de un país con la potencialidad demográfica y económica de la vieja Persia, y con el aval de Rusia y China como potencias que apuestan por diversificar –diluir– los contrapoderes regionales, Obama lograba congelar el proyecto de Irán para dotarse del arsenal nuclear. Y, al levantar lentamente las sanciones económicas, intentaba apuntalar a los reformistas iraníes, liderados por el actual presidente, Hassan Rohani, frente a las tendencias principalistas personificadas en el ayatollah Ali Jamenei.

Israel no asumió nunca ese cambio de paradigma, siquiera interesado, desde Occidente. Adujo para ello que, con su implicación directa en Siria para salvar a su aliado Al-Assad, Teherán no se limitaba a defender el statu quo sino que mostraba sus verdaderas intenciones expansionistas en Oriente Medio. Netanyahu decidió fiarlo todo a una victoria de Trump. Contra todo pronóstico, acertó. Y ganó.

Año y medio después de su llegada a la Casa Blanca, Trump ha hecho efectiva su promesa y ha retirado unilateralmente la firma de EEUU del acuerdo nuclear iraní. Lo ha hecho en clave interna, al demostrar, pese a quien pese, que cumple con su electorado en vísperas de los comicios de medio mandato del 6 de noviembre, cuyo resultado pesará en sus posibilidades de optar a un segundo mandato. Y lo ha hecho pese a que el establishment republicano apostaba por mantener el acuerdo.

Asimismo, el actual inquilino de la Casa Blanca confirma a EEUU como rehén absoluto y sin matices de los planes de Israel, para el que, con su largo centenar de ojivas nucleares nunca reconocidas pero tasadas en su arsenal, un Irán atómico no es a día de hoy la primera de sus preocupaciones. Lo que le enerva, y lo que no puede soportar, es que, con su programa de misiles balísticos intacto en virtud del acuerdo nuclear, Teherán refuerce su presencia militar en Siria, en la frontera con Israel, como peaje tras haber apuntalado, junto con Rusia, la superviviencia del régimen de Damasco en la guerra civil siria y en las guerras cruzadas y por procuración en el país árabe.

Netanyahu-Trump tratan de sacar a Irán de su exitoso y, según Teherán, defensivo desempeño en el tablero regional en un momento en el que la vieja Persia, devenida República islamista chií, atraviesa una grave crisis económica que a principios de año derivó en una crisis de legitimidad que evidenció el hartazgo de la clase baja tanto respecto a los principalistas, que venden la versión de que todos los males, incluida la rampante corrupción e ineficacia interna, son parte de un complot de EEUU, como respecto a los reformistas que, pese a que defienden mitigar el control religioso-moral de la población, apuestan por recortes sociales y económicos draconianos. Otra cosa es que consigan justo el efecto contrario.

Empresario, Trump lanza un órdago a la UE y le reta a aceptar su diktat en Irán o a afrontar una guerra comercial con castigos a los países-empresas europeas que desafíen el embargo y las sanciones y en la que el magnate se siente seguro. Y no porque haya atinado siempre en sus cálculos empresariales –sus bancarrotas fueron muy sonadas– sino porque calcula que Europa no cortará el cordón umbilical que le ata a EEUU. A ello sumamos que no parece que la Rusia de Putin vaya a enfrentarse a Israel en su pugna con Irán, con lo que mantendrá un difícil equilibrio con sus aliados de Teherán y Damasco. .

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