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Erdogan: De presidente turco a sultán neotomano

Con su incontestable victoria electoral –quizás matizada por la sensible pérdida de escaños de su partido– Erdogan ve cumplido su sueño: el de ser presidente plenipotenciario en 2023, en el centenario de la fundación de la Turquía moderna.

Erdogan, quien en 2002 llevó al poder al islamista AKP, una formación que reivindica abiertamente y sin complejos la esencia musulmana de la profunda Anatolia, aspira a consagrarse ese año como la personificación, el nexo de unión de esa Turquía kemalista que se reivindica como Estado-nación con pretensiones hegemónicas tanto hacia dentro (kurdos) como al exterior del país (Siria, Palestina, Oriente Medio), pero asumiendo la «gloriosa» herencia del imperio otomano y de su histórico califato islámico.

El que fuera alcalde de Estambul –y que tanto gusta de recordar que de niño vendía rosquillas para llevar algo de dinero a su humilde familia– se convierte así en el primer presidente neotomano de la Turquía moderna. Y lo ha logrado adelantando un año los comicios ante las sombrías perspectivas de una economía turca que no pocos comparan con una burbuja a punto de estallar. Y protagonizando una deriva represiva que le concita el odio de la mitad de la población.

Erdogan se lo ha jugado al todo por el todo y ha logrado cruzar la Sublime Puerta. Pero el proceso le ha transformado. De ser un presidente que integró en el país a la mitad de la población piadosa, despreciada y marginada por el falso laicismo de Ataturk, ha pasado a emularle e incluso a superarle. En una pulsión autócrata que le ha mutado en un sultán neotomano. Y él mejor que nadie debería recordar el cruel destino de muchos de sus antecesores. El fallido golpe del 15 de julio de 2016 fue eso. Un aviso...

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