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­­Fin de la guerra en Nagorno Karabaj: nuevo statu quo turco-azerí y fruta madura en manos rusas

Que los armenios estaban perdiendo la guerra en Nagorno Karabaj era hace semanas una constatación que solo la propaganda militar desde Erevan insistía en negar.

La implicación de Turquía, con el suministro de arsenal de alta tecnología e inteligencia militar bregada en escenarios bélicos como Siria y Libia –y pagada con el abundante oro negro de Azerbaiyán–, anticipaba que la derrota de Armenia era cuestión de tiempo.

La decisión de Rusia de no mover prácticamente un dedo por sus históricos aliados armenios, junto con la postura de Irán de mirar a otro lado por temor a despertar la ira de la importante minoría azerí que vive dentro de las fronteras persas, certificaba la condena a muerte de la República de Artsaj.

El presidente Putin ha esperado casi dos meses para que el enclave cayera como fruta madura para anunciar un alto el fuego que confirma el estatu quo y las conquistas militares azeríes y supone una gran herida en el orgullo armenio 25 años después de que hiciera morder el polvo a Azerbaiyán. Herida en la que su actual líder, Ilham Aliev, no ha dudado en hurgar tras proclamar por televisión la capitulación del enemigo.

Seguro que, al impulsar el acuerdo, Putin ha decidido contemporizar con su amigo y ambiguo aliado turco Erdogan –como ambos vienen haciendo en Siria y, ahora en Libia­– y con Azerbaiyán, con la que Moscú comparte importantes intereses económicos.

Un acuerdo que, tras la pérdida de Shushi (Shusha para los azeríes) permite a los armenios salvar la capital karabají, Stepanakert, pero a costa de perder además siete distritos de mayoría azerí hasta que esta fue expulsada tras la guerra en pleno desplome de la URSS.

Poco más podía hacer Erevan que firmar un acuerdo por el que salva unos muebles. Y que permite a Rusia saldar cuentas con un primer ministro armenio, Nikol Pachinian, que en 2018 osó remover las viejas y clientelares estructuras de poder armenias y, por tanto, debatir el padrinazgo ruso. Pachinian yace ahora políticamente muerto bajo su firma.

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