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Mi reino por un pimiento

Ayer fui al curro. Yo también estoy teletrabajando desde casa pero necesitaba documentación de trabajo en papel –yo sigo siendo de papel, lo siento y lo confieso–. Aproveché para algún ajuste técnico y para intercambiar opiniones con las pocas personas –sobraban dedos de hasta solo una mano– que estaban en la redacción. 

De vuelta a casa, aproveché para parar en un supermercado de carretera a llenar la despensa, como hago habitualmente. Son cosas de los que somos transfronterizos. Ni de aquí ni de allá.

Había casi de todo.

No había pimientos.

Ya de vuelta a casa, mi compañera fue a la tarde a un supermercado al norte del Bidasoa.

Había mucho de todo.

Pero tampoco había pimientos.

¿Estarán algunos haciendo acopio de este nutritivo alimento? ¿Habrán descubierto que una poción a base de esta verdura puede prevenir el coronavirus?. ¿Los almanenarán metidos uno a uno en el tubo del cartón del papel higiénico que llena las despensas y os rincones de sus pisos y sus casas?

Hoy sábado, y tras un par de horas en el ordenador -cualquiera encuentra algo en lo que trabajar que no tenga que ver con el coronavirus–, he cogido la bici y me he ido a dar una vuelta –solo, cerca de casa y con la «attestation de déplacement dérogatoire» debidamente firmada. Sobre mi honor–.

Y hete ahí que, en un cercano cruce de carretera, me he encontrado con un puesto de verduras.

¡Había pimientos!.

Tenía cinco euros –siempre llevo algo de dinero cuando salgo en bicicleta–. Lo suficiente para comprar unos cuantos, los justos para poder meterlos en los bolsillos del maillot.

He vuelto, triunfante, a casa.

Hoy cenamos piperrada. ¿O axoa?.

 

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