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«No, primera ministra»

Pintar canas tiene la ventaja de haber podido visionar en los ochenta la impagable serie «Si,ministro». En sus 38 capítulos, producidos por la BBC, los funcionarios del recién nombrado titular de Asuntos Administrativos se dedican a torpedear su labor –a veces con razón o sin ella, otras por puro divertimento–, mientras le dan palmaditas en la espalda.

El culebrón sobre las votaciones del Brexit trae a la memoria los diálogos surrealistas de la serie. Y no solo porque ambos condensan lo mejor del humor británico.

La secuencia de infarto de esta semana ha consistido en una sucesión de desplantes a la primera ministra, Theresa May, que ha culminado, eso sí, con una victoria pírrica con la que la inquilina del número 10 de Downing Street gana estos cuatro días de puente para intentar coronar con éxito la que es su única estrategia: el miedo al abismo.

El martes, el ala brexiter de la bancada conservadora rechazó por segunda vez  y forzó otra derrota casi igualmente abrumadora al acuerdo de salida ordenada negociado por May con la UE.
El miércoles, su propio gobierno la desutorizó y permitió la aprobación de una moción laborista que va mucho más allá en el rechazó al «no deal» (Brexit a la brava) de lo que pretendría la primera ministra, reduciendo aún más su margen de negociación..

Pero la última sorpresa estuvo a punto de llegar el jueves cuando, por escasos dos votos, no prosperó una enmienda que tenía como objetivo arrebatar a May el «des-control» del proceso y que fuera un grupo de diputados de todos los partidos el que organice la votación en sede parlamentaria de las distintas alternativas en torno al Brexit.
Solo habría faltado que los Comunes hubieran votado ayer contra la propuesta de May de pedir una prórroga de tres meses en la entrada en vigor del Brexit, prevista para el 29 de marzo.

La primera ministra ha logrado salvar los muebles pero, conviene no olvidarlo, 188 diputados tories, incluidos ocho ministros de su gabinete, votaron en contra de su propuesta. Destaca entre estos últimos el propio secretario de Estado para el Brexit, Stephen Barclay, quien no tuvo empacho alguno en defender la prórroga –«¡Es hora de que el Parlamento actúe por el interés nacional, es hora de proponer un retraso que sea realista!», para votar luego en contra de lo que él mismo había defendido. «Si, primera ministra» en estado puro.

La cuestión va más allá de la correspondiente carcajada porque la prórroga aprobada por el Parlamento está vinculada a que la Cámara apruebe, a la tercera la vencida, el acuerdo negociado por May en Bruselas y rechazado categóricamente tanto en enero como el pasado martes.

La primera ministra confía en que los brexiters de la bancada conservadora y los unionistas del DUP noirilandés levanten su veto y avalen su propuesta como mal menor. Y es que, de persistir el actual bloqueo, la prórroga en la fecha de salida de la UE podría ser de un año, e incluso más, obligando a Gran Bretaña a dar marcha atrás y a participar en las elecciones europeas del 26 de mayo.

May lo fía todo a que los que hasta ahora le han respondido con un «No, primera ministra», acaben apoyándola asomados al abismo de que finalmente no haya Brexit. Estaríamos, en este caso, ante una reedición, en sentido opuesto, de la famosa serie de los años 80. «No, primera ministra», para al final decirle que sí.

Otra cosa es que la UE, que tiene la última palabra, no termine harta de semejante dosis de humor británico y acabe imponiendo sus condiciones, e incluso su calendario, a May, al Gobierno y al Parlamento británicos.

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