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Paradojas distópicas y contradicciones

Asistimos estas semanas a una profusión de informaciones y contrainfomaciones, órdenes y contraórdenes, análisis y simples desideratums, todos ellos en cascada. No es extraño, por tanto, que andemos muchos un tanto despistados.

Tampoco es de extrañar, pues estamos inmersos desde hace dos meses en una distopía de cuyos efectos tampoco se libra el contradictorio desescalamiento que estamos viviendo.

Y es que hasta las paradojas se han contagiado y se han vuelto distópicas. Al punto de que están dejando todas nuestras viejas y nuevas certidumbres a la altura del barro.

Empecemos por EEUU. Tras la gestión nefasta de una crisis que comenzó negando y trató de atajar luego promoviendo inyectarse lejía, al presidente del epicentro de la pandemia, Donald Trump, le sonrien las encuestas. Con 80.000 muertos, casi millón y medio de infectados y un paro que ronda ya el 20%, –hace dos meses rondaba el desempleo técnico del 3%–, el magnate está a dos escasos puntos de su –anodino– rival demócrata, Joe Biden. A este paso Trump le gana en noviembre y nos vamos definitivamente todos a Wuhan.

Hablando de la ciudad china, origen de la epidemia. Pekín anunció el primer caso el último día de diciembre de 2019 y resulta que hay estudios que apuntan a que a finales de aquel año, no digamos ya en enero, ya había casos, y decesos, por coronavirus en Europa ocultos bajo diagnóstico de gripe o neumonía. ¿Cuándo empezaron las primeras fases del contagio en la capital de la provincia de Hubei?

Sería un dato que se agradeceria hiciera público el Gobierno chino o siquiera investigara la OMS. La misma que está en el punto de mira del bocazas de Trump. Pero la misma que a mediados de enero se negó a aconsejar que hubiera que restringir la llegada de vuelos desde China. Países como Taiwán no le hicieron caso y cerraron la llegada de chinos continentales por aire y mar. No les fue nada mal aislar a una China origen de la pandemia y que se presenta, paradoja distópica, como la salvadora del mundo.

Llegamos a Europa.

Ahora va y resulta que Portugal, ese vecino pobre al que identificamos con el inmigrante que viene a jugarse la vida en una obra por un salario «competitivo», lo ha hecho mucho mejor que casi todos contra el coronavirus.

Será porque tiene un gobierno de coalición de izquierdas, pensamos. Pues resulta que las medidas inmediatas para frenar el coronavirus en Portugal, que comenzaron con la suspensión de los Carnavales cuando, semanas después, el Estado español conmemoraba masivamente y espalda contra espalda el 8 de Marzo, fueron impulsadas por el presidente del país, el derechista Marcelo Rebelo de Sousa, «hipocondriaco militante» que se impuso al primer ministro, el socialista Antonio Costa, renuente a tomar medidas drásticas. ¿Serán las virtudes del diálogo, esta vez interistitucional, entre diferentes?

Pero no acaban ahí las paradojas distópicas. Los analistas aseguran que, en Portugal y Grecia –sí, la Grecia gobernada ahora por el derechista Kyriakos Mitsotakis–,  han logrado sortear con éxito la pandemia por el miedo que tenían sus habitantes ante la debilidad de sus sistemas sanitarios. ¡No querían acabar en un hospital disputándose las pocas camas por habitante!, lo que les convirtió en disciplinados ciudadanos en comparación con los autosatisfechos usuarios del sistema de salud de otros lares. El deficiente sistema sanitario ha sido en aquellos casos ¡un aliado contra el virus!.

Cruzamos la frontera y las paradojas persisten.

Unidas Podemos, socio de coalición en el Gobierno de Madrid, no ha tenido empacho alguno durante el confinamiento en que sus ministros, con el vicepresidente y líder, Pablo Iglesias, al frente, comparecieran de la mano de altos mandos militares y de la Guardia Civil para dar cuenta de la «guerra contra la pandemia» -repárese en la paradoja del término–.

El presidente español, Pedro Sánchez (PSOE), ha monopolizado una gestión autoritaria y jacobina de la crisis, en la que ha rescatado el viejo principio de unidad de destino universal retocándolo un poco: «España soy yo y mis 51», provincias, por supuesto.

Seguimos en España. Inés Arrimadas, lïder de Ciudadanos, ha prestado sus votos para salvar la prórroga del Estado de Alarma. Pacta con el PSOE haciendo así suyas las tesis del sector crítico y por ello expulsado del partido y que, tras su desplome electoral (de 58 a 10 diputados), denunció la deriva derechista del ¿desaparecido? Albert Rivera.

Tampoco es un fenómeno nuevo. Pablo Iglesias hizo lo propio y, tras deshacerse en Vista Alegre de su rival, Iñigo Errejón, hizo suyos, sin que se le moviera un ápice la coleta, los planteamientos de alianza con el PSOE del cofundador de Podemos.

Y tampoco es un fenómeno exclusivo de la «villa y corte» madrileña. Por estas mismas tierras tenemos casos de esos unos cuantos, y sin distingos ideológicos.

Llegados a este punto, podemos apuntar una última paradoja. La de un gobierno autonómico del PNV que se enzunó a la hora de exigir a Madrid su derecho a pasar a la fase 1 de la desescalada y que, con la competencia formalmente recuperada, ha decidido ahora quedarse, y dejarnos, a medio camino.

Tengo para mí, sin embargo, que eso no es una paradoja, sino una contradicción. Una de las muchas que están gestionando los poderes públicos. Y que tiene que ver con el pavor al riesgo de una marcha atrás, como apuntan los -redundancia– repuntes en Singapur, Corea del Sur, Alemania y la propia Wuhan en China, países ensalzados hasta ahora –otra paradoja– como modelos a seguir acríticamente. 

Contradicciones todas ellas que tienen a su vez que ver con el desconocimiento general en torno al pasado –¿no ya siquiera dónde ni cómo sino cuándo empezó?– el presente –¿son los menores «vector de trasmisión»?, ¿Hasta qué punto inmuniza el haber sido contagiado?–  y el futuro –tampoco ya si habrá rebrotes sino si serán peores o llegarán debilitados– de la pandemia.

Contradicciones, en fin, que a los políticos en el poder les toca –y parece que les gusta– asumir y que los que están en la oposición parece, a lo que se ve, asumirían gustosos. Y que pasan por mantener, con mensajes contradictorios, en vilo a la población para que no sepa exactamente a qué atenerse y no se suelte demasiado en un período de desescalamiento no exento de peligros.

En definitiva, todo calculado. «Por nuestro bien».

 

 

 

 

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