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Resurge el fantasma del ataque a Charlie Hebdo

En espera de que se aclaren las circunstancias del ataque con hacha contra dos trabajadores de una productora audiovisual cerca de los antiguos locales de Charlie Hebdo, se pueden apuntar una serie de elementos que, sin eludir el vértigo que generan ese tipo de actos, matizan el hecho de que el Estado francés esté reviviendo la ofensiva yihadista que arrancó precisamente en enero de 2015 con el asalto a la redacción del semanario satírico.

Todo apunta al ataque de un (o dos, eso se está analizando) lobo solitario, posiblemente motivado por el hecho de que Charlie Hebdo conmemoró el arranque del juicio contra los cómplices de la muerte de sus redactores y dibujantes reeditando las caricaturas de Mahoma cuya publicación fue la justificación de aquel sangriento atentado.

El hecho de que el principal asaltante se haya identificado como paquistaní abona esa hipótesis. Y es que el país asiático se ha significado en las últimas semanas por sus críticas contra la «blasfemia» de la revista satírica francesa.

Otra cosa es minimizar las recientes y crecientes amenazas contra Charlie Hebdo, cuya redacción actual está en un lugar secreto y ultraprotegido para intentar garantizar su seguridad.

Y tampoco cabe desdeñar la fractura que genera la cuestión de los límites –si los hay– a la caricatura y a la sátira en la sociedad francesa. Y no solo, que también, en sectores del país que, quizás huérfanos, han convertido al islam en uno, cuando no el único, de sus principales referentes vitales. La cuestión va más allá y divide, incluso, a la izquierda gala.

Una cuestión compleja ante la que estamos condenados a convivir. A no ser que elijamos, mediante la autocensura, renunciar al derecho a ser incómodos e irreverentes.

Eso, o asumir el riesgo de que un o unos «locos» cojan un hacha, o como en su día, un fusil de asalto.

 

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