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Sudán, el Ejército, las «primaveras» y la geopolítica

Tras 30 años en el poder, Omar al-Bashir ha sido sacrificado por el Ejército, al que los manifestantes emplazaron con una acampada ante su cuartel general. Al Bashir (golpe de Estado de 1989) era un maestro del equilibrismo. Sobrevivió a la guerra y a la separación de Sudán del Sur, a las matanzas masivas perpetradas por sus milicias en Darfur –está imputado en La Haya– y a una campaña de hostigamiento y bombardeos de los EEUU de Clinton.

Y lo logró con una hábil política de alianzas, al principio con los islamistas (y con Al Qaeda) y en los últimos años con China y con la Rusia de Putin, que el pasado enero envió «asesores militares» para guardar las espaldas del hasta ayer presidente.

Al-Bashir sucumbió al fin a una ola de protestas iniciada en diciembre de 2018 con el encarecimiento del pan como detonante de un creciente malestar popular contra la represión y despotismo del régimen.

Su suerte estaba echada cuando los militares impidieron a tiros a los grupos de choque progubernamentales disolver la acampada y se selló cuando incluso la Policía se negó a reprimir las manifestaciones.

Incapaces de superar el enroque de Al-Bashir, las protestas han forzado la irrupción del Ejército, que ha anunciado que pilotará una transición de dos años. El temor ahora es que lo único que hayan logrado es meter al zorro en el gallinero. No sería la primera vez, y ejemplos no faltan, como el de Egipto y el de rabiosa actualidad en Argelia.

Revuelta popular argelina que, junto a la sudanesa, nos remite a los ecos de las malogradas primaveras árabes.

Por de pronto, tanto Abdelaziz Bouteflika como su homólogo sudanés han caido. También cayó el egipcio Hosni Mubarak en 2011 pero el mariscal al-Sissi ha logrado superar en crueldad y tiranía a su mentor.

El desenlace de estas protestas es incierto. Los militares amenazan tanto en Argel como en Jartum con secuestrar los procesos políticos para que nada cambie, o incluso cambie a peor. La pinza contra las ansias populares de cambio se cierra con el temor al caos, visible estos días en la guerra abierta en la vecina Libia y en la montaña de escombros que una vez se llamó Siria.

Y así llegamos a la geopolítica, ese mantra al que tanto se apeló para denostar desde el primer día las primaveras árabes. Sin embargo, todo apunta, tanto en Argelia como en Sudán, a que las protestas pillaron a las grandes potencias con el pie cambiado. Argelia queda fuera del área de influencia de los EEUU de Trump, que han reaccionado con frialdad a los acontecimientos en Sudán.

En espera del desenlace final en Sudán y en Argelia –aliados de Rusia– Putin está preocupado, por primera vez en mucho tiempo tras sus incontestables éxitos militares-dipllomáticos en Siria, Afganistán, ¿Venezuela? . Y más cuando las señales desde Trípoli indican que su hombre en Libia, el mariscal Jalifa Haftar, se habría estrellado en su ofensiva militar contra la capital.

Pero Haftar es a la vez el hombre del francés Macron, que maniobra desde su veto en la UE en una clara pugna con la Italia de Salvini por el reposicionamiento estratégico europeo en las antiguas Tripolitania y Cirenaica. Un Macron que tampoco ha dudado en mover fichas en su antigua colonia argelina cuando la suerte de Bouteflika estaba echada. Será por eso que las protestas de los últimos viernes en Argel tienen en el punto de mira la injerencia francesa.

El que parece, finalmente, que no hace nada pero siempre está ahí es China. Es imposible que los militares sudaneses hayan dado semejante paso sin contar con el placet de Pekín, principal sostén (y acreedor) económico y financiero no solo de Sudán sino de todo el Continente Negro.

Una geopolítica, en definitiva, compleja y con muchas aristas, pero cuya apelación no debería servir en ningún caso para justificar, ni aquí ni allá, apriorismos maniqueos. Y mucho menos para condenar, sin derecho a juicio, las ansias de cambio político en el seno de tantos y tantos pueblos, tanto si son árabes como si no.

 

 

 

 

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