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Tormenta de arena sobre el Estrecho de Ormuz

El ataque de los rebeldes huthíes yemeníes con drones contra dos estaciones de bombeo del oleoducto que cruza Arabia saudí de este a oeste aporta nuevos elementos para el análisis de los últimos acontecimientos en la zona, geoestratégicamente una de las más, por no decir la más, caliente del Planeta.

Este último ataque no tiene en principio conexión alguna con los sabotajes registrados los pasados días contra varios cargueros y tanqueros en el puerto emiratí de Fujairah, pero tanto su coincidencia como la sofisticación de aquellas pequeñas pero certeras explosiones en los cascos de los buques –suficientes para inutilizarlos sin provocar víctimas ni daños medioambientales– arroja luz sobre la tensión, creciente, entre EEUU e Irán.

Si añadimos a ello una aproximación no apriorística y de parte al conflicto las cosas parecen más claras e hipótesis como la de un complot de la triada Ryad- Abou Dhabi-Israel, sin poder ser descartada por completo, pierde fuerza.

Lo que no permite en ningún caso atribuir la responsabilidad de lo que está ocurriendo a Irán. No ha sido Teherán el que ha roto el acuerdo nuclear que firmó en 2015 con Barack Obama ni la marina iraní la que ha llevado al Golfo Pérsico buques de guerra, cazabombarderos y misiles Patriot para hacer alardes militares en una zona donde basta una cerilla para que prenda un fuego de proporciones endiabladamente cósmicas. 

No es la primera vez en que EEUU hostiga de una manera u otra a Irán desde que en 1953 sustituyó definitivamente a Gran Bretaña como primer agente imperialista occidental en la región. Tampoco sería la primera en que lleva a Irán a una guerra como la que el Irak de Saddam Hussein declaró por delegación en 1980-1988 contra la República Islámica liderada por el ayatollah Jomeini.

Como no sería la primera vez en que Teherán hace uso de contraataques asimétricos, con sus propias fuerzas y/o a través de aliados regionales, para sacudirse la presión.

Unos y otros se conocen y el Estrecho de Ormuz ha sido escenario de sucesos hoy olvidados pero cuyo recuerdo nos da la medida de lo que está pasando y lo que puede ocurrir. Sin ir más lejos, en 1984, durante la guerra Irán-Irak, más de medio millar de navios fueron atacados en la llamada «guerra de los petroleros». En 1988, una fragata estadounidense hundió de dos misilazos un Airbus de Iran Air con 290 inocentes a bordo tras «confundirlo con un caza iraní».

Unos y otros se conocen pero ambos parecen coincidir en pensar que el otro no quiere la guerra. Seguro –ojalá– que tienen razón y que Trump está jugando a elevar la presión al máximo antes de buscar renegociar –con Teherán o con Moscú y Pekín– desde una posición de fuerza. Pero para ello parece estar seguro de que los iraníes, que con el bloqueo a su petróleo luchan por su supervivencia vital, se van a quedar cruzados de brazos cuando tienen tantos aliados en la región.

Y es posible que Teherán piense que lo de Trump es una bravata y que si aguanta los próximos meses logrará un alivio de la presión, siquiera por la inminencia de unas elecciones presidenciales estadounidenses que confía no revaliden al magnate.

Demasiados y «sesudos» cálculos en una región que está sobrada de ellos. Desde hace demasiado tiempo. La tormenta de arena se acerca y amenaza con anegar el Estrecho de Ormuz.

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