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Un Aquarius para el gobierno Sánchez, carnaza para la extrema derecha

72 horas después de su primer Consejo de ministras, el Gobierno Sánchez se ha estrenado anunciandoi la acogida en Valencia de 600 personas refugiadas, entre ellas un centenar largo de menores y niños no acompañados y siete mujeres embarazadas, abandonadas en alta mar a bordo del barco Aquarius por los ejecutivos de Italai y de Malta.

Una decisión humanitaria absolutamente loable, aun a sabiendas de que estamos ante el primero de una esperada lista de grandes gestos  de un gabinete cuyo objetivo en los próximos meses será conjurar su debilidad (84 escaños) con un vuelco en las expectativas de voto de hace tan solo dos semanas.

Se podrá argüir que estamos ante un anuncio puramente electoralista y seguro que es verdad. Pero ocurre como con el egoismo que se atribuía a la canciller alemana, Merkel, cuando accedió en 2015 a acoger a un millón de refugiados, dicen algunos que para cubrir la falta de mano de obra en Alemania. Al margen de que funcione –Sánchez debería recordar la pírrica victoria electoral de Merkel en setiembre del año pasado–, bienvenidos sean el cálculo egoista o, en este caso, el «electoralismo humanitario» del Gobierno español. Me temo que a los subsaharianos a la deriva a bordo del barco les importan poco los cálculos demoscópicos y el tacticismo de unos y de otros en la política europea actual.

Dicho esto, convendría sin embargo insistir en que la solución de este dramático episodio –en espera de que el barco llegue a puerto tras como mínimo cuatrro días de viaje y que sus «pasajeros»« no mueran de inanición o bajo el sol abrasador en el trayecto– evidencia la desastrosa gestión del la cuestión de la inmigración y del derecho a refugio por parte de todos, y digo todos, los países miembros de la Unión Europea.

Resulta, en este sentido, vergonzoso haber asistido al espectáculo de los gobiernos de Italia y de Malta quitándose el «muerto» de encima con mentiras, reproches mutuos y excusas que sonrojarían a un niño si los niños no tuvieran las más de las veces más sentido común que muchos adultos.

Pero lo que es desolador es leer al xenófobo ministro de Interior, Salvini, gritar victoria mientras saborea los buenos resultados de su partido, la Lega, en las elecciones municipales parciales del domingo en Italia. Deshumanización electoralista.

Porque de eso se trata. De ganar con, o a costa de, el drama de miles y miles de personas que huyen de sus países por las guerras y/o, simplemente, por la falta de expectativa alguna de futuro.

Y me da a mí que, con «electoralismos humanitarios» como el de Sánchez, e incluso con el «buenismo» que profesa parte de la izquierda negando que tenemos un problema, y que como tal necesita de soluciones complejas que no se resumen en abrir de par en par las puertas de Europa, seguiremos alimentando la deshumanización electoralista de la extrema derecha. Para solaz de neofascistas como Salvini...

 

 

 

 

 

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