Dabid Lazkanoiturburu
Dabid Lazkanoiturburu
Nazioartean espezializatuko erredaktorea

Viejos fantasmas en la cuna de la primavera árabe

Túnez fue hace en 2011 el país en el que prendió la llama de la frustrada primavera árabe. Tras dos meses de movilizaciones ciudadanas, los tunecinos forzaron al autócrata Ben Ali al exilio en  Arabia Saudí, donde murió en 2019.

Diez años después, al déspota le ha salido un imitador, el  presidente Kais Saied, quien, manipulando con maestría la islamofobia de parte de la población y el hartazgo con una clase política corrupta, ha dado un golpe de mano que le da todos los poderes y le convierte en un Ben Ali 2.

No hay duda de que los islamistas de Ennahda, primera fuerza política del país en la última década, han cometido errores de bulto a la hora de gestionar el cambio en Túnez, tanto desde el gobierno como desde una  oposición «responsable».

Errores que remiten al fracaso general del islam político a la hora de utilizar sus mayorías para pilotar la ansiada transformación que exigieron los pueblos árabes en aquel despertar colectivo de 2011.

Pero la responsabilidad va mucho más allá de Ennahda y apela a un fracaso general del arco político, también desde la izquierda, para acabar con el viejo régimen.

Túnez se dio una Constitución avanzada en términos político-culturales que para sí quisieran el resto de países árabes.

Pero quedó en el camino el necesario impulso para el cambio económico-social que estuvo en el origen de la revuelta. Los islamistas no lo acometieron porque no va en su ADN, atado al zoco y a la caridad. La izquierda renunció a exigirlo, cegada por los celos de los sucesivos triunfos electorales islamistas.

El resultado: Ben Ali ha resucitado y asoma sobre su tumba en Djeda.

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