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La bola de cristal

Si me ofrecieran una bola de cristal que me permitiera conocer de antemano los resultados electorales, de inmediato la lanzaría contra el suelo haciéndola saltar en mil pedazos. Es más, la próxima noche electoral se presenta tan emocionante que ni siquiera voy a repasar las mil y una encuestas que se han publicado en los últimos meses.

Todavía restan unas horas para poder exclamar “Alea jacta est” y dar paso al recuento, voto a voto, primero de las papeletas blancas y después de las sepias; es decir, tras conocer los resultados de las elecciones a los ayuntamientos se comenzará a escrutar los de las instituciones forales. Ya sé que antes habrá sondeos a pie de urna que difundirán los primeros «datos», pero conviene no confundirlos con los «resultados» por si acaso, una vez más, al final el baile de escaños deja en mal lugar a los encuestadores.

Hay mucha gente a la que le mola hacer quinielas electorales y, como ocurre en el frontón o al hacer la porra del Tour, hay quien las hace con el corazón y quien apela a la razón (a la suya particular, claro está). Por eso, cuando conocemos los resultados, nos invaden sentimientos como la alegría, la desilusión, la esperanza, la incredulidad, la rabia…

De todo eso he percibido en las últimas citas electorales que he vivido en contacto con personas que habían hecho distintos vaticinios pero que al finalizar cada una de esas noches, en este corto ciclo que comenzó hace cuatro años, hemos coincidido en «celebrar» los resultados, por considerarlos positivos, sin importar quién quedó más lejos y quién se acercó más en sus pronósticos. Y espero volver a hacerlo.

No hay abracadabra que valga cuando lo que cuenta son los votos depositados en las urnas; también los que se quedan fuera. Faltan solo unas horas para que las urnas de cristal nos aclaren el presente, para que nos ofrezcan nuevos mimbres con los que ir tejiendo nuestro futuro.

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