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Un pacto anti-Bildu en Araba

¿Sería posible que PNV, PP y PSE forjaran un pacto postelectoral para impedir que EH Bildu gobernara en la Diputación de Araba? Puede que la pregunta parezca estrambótica al primer bote pero conviene tener en cuenta que la política institucional es ese escenario en el que todo es posible. Y los hechos, hechos son.

Uno de los pronósticos que corre con más fundamento a través de los medios informativos y las redes sociales durante esta campaña es la posibilidad de que EH Bildu sea la fuerza más votada en Araba. Esta hipótesis salió reforzada por los resultados que arrojaron las urnas en las últimas elecciones que han tenido lugar en Hego Euskal Herria, las que sirvieron para renovar el Parlamento Europeo.

Hace tan solo un año, EH Bildu superó en Araba a PNV, PP, PSOE, Podemos, IU y UPyD (he seguido el orden descendente en número de votos). No se puede obviar que esos comicios tienen poco que ven con la doble cita del próximo domingo. Y no es un detalle menor la baja participación registrada entonces, ya que fueron más quienes se abstuvieron (un 57,33%).

No obstante, también conviene recordar que cinco años antes, en 2009, con una abstención incluso mayor (un 60,53%), el partido más votado fue el PSOE, seguido del PP y del PNV, mientras que, en pleno periodo de ilegalizaciones de candidaturas independentistas por parte del Estado español, Iniciativa Internacionalista fue la cuarta fuerza, por delante de la coalición en la que se integraron EA y Aralar.

Ahora saltemos a la jornada de San Fermín de 2011. ¿Recuerdan cómo fue elegido diputado general Javier de Andrés? Pues, gracias al PSE. Así, como suena. A los 16 apoyos de su partido, el candidato del PP sumó los 9 de la formación que lideraba Patxi López, mientras que Bildu (con 11 escaños) ofreció su respaldo a Xabier Agirre (que tenía asegurados los 13 jeltzales). Con ese ajustado 25-24, las dos representantes de EB podían haber impedido que gobernara el PP, pero prefirieron abstenerse después de un culebrón político que prefiero no recordar.

Un inciso: el PSE es actualmente el socio preferente del Gobierno de Iñigo Urkullu, mientras que el PP jugó el mismo papel respecto al Ejecutivo de Patxi López. ¿No suena esto a tripartito?

Volvamos a las instituciones forales. Creer en que el PSOE puede ejercer de palanca para un cambio profundo en nuestro país resulta irrisorio ahora mismo miremos hacia el territorio que miremos. En Nafarroa, el PSN ha demostrado sobradamente su valía en estos terrenos; en Araba, el PSE ha apuntalado al PP cada vez que le ha hecho falta, igual que ha hecho en Bizkaia y Gipuzkoa con el PNV cuando este lo ha requerido.

Lo que es menos frecuente, porque no suele ser «necesario», es que lleguen a formalizar un pacto tripartito. Pero lo han hecho en Gipuzkoa durante esta legislatura, aunque lo hayan disimulado con la expresión «acuerdos puntuales», como el que dio lugar a la contrarreforma fiscal para evitar que quien más posee pague más o el que colocó a Denis Itxaso, el ahora candidato del PSE a diputado general, al frente de la Mancomunidad de San Marcos, la que gestiona los residuos en Donostialdea.

Si el PNV no auspició el asalto del tripartito a la Diputación de Gipuzkoa al inicio de legislatura, como le reclamaron sus socios habituales, fue porque leyó con mucho cuidado los resultados registrados a lo largo y ancho del herrialde, y decidió que esa jugada podía tener consecuencias nefastas para sus intereses a medio plazo. Aquí solo voy a recordar el reparto de escaños total: Bildu, 22; Aralar, 1; PNV, 14; PSE, 10; y PP, 4.

Tengo claro que si en Gipuzkoa se hubiera producido una situación similar a la de Araba hace cuatro años, el PNV no habría apoyado al candidato de EH Bildu para frenar, por ejemplo, a uno del PSE. Y tampoco creo que el PNV hubiera apoyado al candidato de Bildu en Araba si en aquella jornada sanferminera este hubiera sido la alternativa real a Javier de Andrés.

A priori, las combinaciones posibles en el nuevo reparto de los 51 escaños de las Juntas Generales son muchas. Lo que ocurre es que PNV, PSOE y PSE casi siempre acaban juntando sus tres patas para colocar en la banqueta institucional a uno de los suyos. Lo que cada vez les cuesta más es justificar el cambio de cromos, que es el cambio que más les gusta.

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