En ningún país democrático moderno se ha propuesto fijar un número absoluto de población para una fecha determinada, como se ha hecho recientemente en Suiza con su idea de «Diez millones en 2050». Hay y seguirá habiendo políticas de control demográfico. Unas, como en China hasta 2015, intentando frenar el crecimiento y prohibiendo tener más de un hijo. Otras, como en Corea del Sur o Japón, promoviendo la natalidad frente al envejecimiento de la población. Y ya conocemos las políticas restrictivas respecto a la aceptación de nuevos inmigrantes. El Pacto sobre Migración de la Unión Europea es solo un ejemplo de la tendencia a blindar los estados ricos. Pero en ningún caso he visto una cifra determinada para una fecha concreta. Me ha parecido casi distópico. Porque es muy fuerte que el partido gobernante, la UDC, por supuesto de derechas, haya preguntado a la población si está o no de acuerdo en que Suiza no pueda tener más de diez millones de habitantes, que eso se convierta en mandato constitucional... ¡Y que el resto del planeta se busque la vida! Yo, sinceramente, creía que iba a ganar el sí, visto que no corren buenos tiempos para la lírica. Sin embargo, contra todo pronóstico, ha ganado el no, después de meses de encendidos debates, según he podido leer. Hay que conocer el contexto, claro. En Suiza dos de cada tres médicos y uno de cada dos investigadores son extranjeros. Un argumento a favor del no ha sido precisamente ese: la hostelería o la construcción colapsaría si se pusiera freno a la inmigración. Y en este rechazo a la medida han coincidido mujeres, empresarios, clases medias urbanas, jóvenes, trabajadores extranjeros y personas de alto nivel cultural. Parece ser que el perfil del votante del sí ha sido de hombres de más de 45 años, de zonas rurales, preocupados por la saturación de los servicios sociales, la degradación del paisaje y la pérdida de la identidad. El no obtuvo un 55% de votos, pero el debate no se da por terminado. Ni en Suiza ni en ningún sitio.