Alfons Rodriguez
Un pescador faenando en aguas de la antigua Zanguebar.

Zanguebar, el corazón de la cultura swahili

El sultanato de Zanzíbar, las islas de Lamu y la costa keniata y tanzana forman parte de una tierra conocida hasta bien entrado el siglo XX como Zanguebar. Es el corazón de la cultura swahili.

Lamu, Shela, Kipungani… suenan apacibles los nombres de las poblaciones de esta parte de África, en lengua swahili. La vieja ciudad de Lamu, en la isla del mismo nombre, aparece en el horizonte tímida y humilde. Algo que no fue así en el pasado, cuando toda esta franja costera de África oriental era conocida como el País Zanj o Zanguebar, palabras que etimológicamente provienen del árabe y significan «tierra de negros». Un territorio que vio nacer y desarrollarse durante más de diez siglos la singular cultura swahili.

Hasta este puerto y hasta los de Mombasa, Zanzíbar, Dar es Salam, Mogadiscio o Comores, entre otros, llegaban y salían enormes navíos cargados de mercancías con las que comerciar en el resto del mundo. Navegantes árabes y persas que se mezclaron con las naciones originales que poblaban la costa, dando lugar a esta particular cultura.

Swahili es una palabra que proviene del árabe sawahil, que significa, a su vez, «costa». De este mestizaje surgió el carácter de esta civilización: alegre, hospitalario y orgulloso; un carácter que se nutrió durante siglos de las particularidades de cada pueblo que llegaba a aquellas costas salvajes y ricas.

Apenas hay coches en la isla de Lamu; por eso los vecinos se dejan llevar por el  incómodo paso de los asnos y por el suave fluir de los jahazi o faluchos de vela latina, empujados por vientos como el kakazi, que sopla recio desde el  nordeste.  

El archipiélago es territorio musulmán, aunque la convivencia con el cristianismo no es extraña. Son más comunes, eso sí, los bui-bui, esa túnica negra con se cubren totalmente las mujeres, y las kofias, los gorritos que lucen los hombres, que los tejanos y los coloridos kangas.

La olvidada y cercana isla de Manda lo sería aún más si no fuera por que hoy acoge el aeródromo que acerca a los turistas hasta el archipiélago. Las ruinas de la antigua Takwa se ubican al final de un largo canal que serpentea entre manglares hacia la costa oeste de la isla, desde donde las ruinas de coral, piedra caliza y adobe se asoman resignadas y viejas al vasto océano Índico.

Lamu es como un frasco donde se guarda la esencia swahili: arquitectura bien conservada, puertas de madera labrada, marcados rasgos faciales de sus mestizos habitantes y el dialecto swahili ki-amu, en el que están escritos los capítulos más bellos  de la historia de este pueblo.

Los primeros pobladores extranjeros de Lamu pudieron ser persas que huyeron del caos provocado por la muerte del profeta Mahoma. Su adaptación a las etnias existentes y su interacción con los pueblos árabes propiciaron que naciera el concepto swahili. Así fue como se crearon las legendarias ciudades-estado swahilis, de las que Lamu era un buen ejemplo.

Pate, la isla olvidada

Del pasado esplendoroso de la isla de Pate apenas quedan unas ruinas, las de Nabahani, comidas por los arbustos y castigadas por el paso del tiempo, donde solo se distinguen con claridad la mezquita y la prisión.

Pate es una aldea tranquila. Al margen de todo, excepto por la estación de radio, sus laberínticas calles están flanqueadas por casas de paredes de coral y techos de hoja de palma llamados makutis. Sus habitantes son musulmanes y sus antepasados fueron marinos que surcaron los mares haciendo fortuna. Vajaban a la India, a Omán, a Somalia y a Zanzíbar.

Hacia el norte de la isla se alza otro importante enclave swahili del pasado llamado Faza. El falucho que hace la ruta Pate-Faza tarda unas dos horas en recorrer el manso tramo de canal y no llega hasta la misma población, sino que ancla en una pequeña ensenada, entre manglares, a donde acuden unas cuantas piraguas de la aldea a recoger el pasaje. 

Mientras callejeo por Faza, conozco a Omar, un hombre corpulento, culto y educado venido del continente para ejercer de maestro en la escuela. Vive en una casa grande y bien aireada, construida con materiales modernos, junto a su mujer y su hija, Shaila.

Paseamos hasta las ruinas de la antigua Mezquita de Kunjanja, donde me muestra unas bellas inscripciones arábicas, y hasta la tumba de Amir Hamad, comandante de las fuerzas del sultán de Zanzíbar, que murió aquí en 1844 mientras luchaba contra los ejércitos de Pate y Siyu. En el camino de regreso se queja de que las nuevas generaciones de swahilis no saben apenas nada de su dilatada y épica historia. Me cuenta que todavía hoy pueden verse algunas personas en Faza de cabellos rubios y piel dorada, descendientes del periodo portugués.

La Gran Mombasa y Malindi

Con la noche, se acentúan los aromas del mar traídos por la brisa marina hasta las calles de Malindi, ya en la costa de Kenia. Esta es una ciudad abierta de par en par al mar y al turismo extranjero, por lo que, para conocer lo que queda del carácter swahili, uno debe dejarse llevar por los callejones de la ciudad vieja.

Al sur de la bahía, una playa de arenas doradas conduce hasta el viejo pilar de coral de Vasco de Gama, junto a la playa de Caswarina. Allí llegan, cada atardecer, los agotados pescadores y sus escasas capturas. Parecen el eco debilitado de un pasado esplendoroso en el que las redes regresaban repletas.

Hay que ir hasta las ruinas de Gede, la misteriosa ciudad de la que no se habla en ningún texto antiguo, para ver lo que queda del pasado en Malindi. Gede parece que se estableció en el siglo XIII y, entre los restos encontrados, hay porcelana china de la dinastía Ming y cristal de Persia, lo que indica el elevado estatus de las familias swahilis que la habitaron. Fue abandonada entre los siglos XVII y XVIII.

A poco más de 100 kilómetros de Malindi se levanta la antigua y legendaria Mombasa. La ciudad lució antaño una ostentación difícil de encontrar en ningún otro enclave costero africano. Deambulando, conozco al viejo Hamza Mullah, que parece haberse quedado en los años 50 del siglo XX. El anciano pertenece a la comunidad islámica india de la ciudad y su familia vino –mejor dicho, la trajeron– desde el estado indio de Gujarat, para construir la vía férrea entre Mombasa y Nairobi, el llamado «tren lunático».

Hay dos Mombasas bien diferenciadas en la actualidad: la del siglo XXI a lo africano, y la ciudad vieja, de mansiones coloniales presidida por el Fuerte Jesús, de origen portugués y bastiones inexpugnables.

Mombasa evoca el pasado, recuerda el tráfico de marfil y de esclavos, el maldito sueño africano del hombre blanco y a los navegantes sin patria de todos los océanos. Su esencia está en personas como Noor, el anciano de descendencia omaní que me acompaña hasta la calle más antigua de la ciudad, Market street, un hervidero humano flanqueado por tenderetes con todo tipo de productos. Los ancestros de Noor lucharon contra los portugueses por el dominio de estas tierras pero aquellos derroches de honor, sangre y sudor ya están olvidados.

Zanzíbar

El sol de mediodía abrasa las cabezas en la proa de la embarcación que lleva a la isla de Unguja, en el sultanato autónomo de Zanzíbar, hoy día en Tanzania. La nave dejó atrás el puerto de Dar es Salaam y la recortada silueta de la Catedral de San José. En el trayecto se cruza el Canal de Zanzíbar. Igual, aunque más despacio, lo hizo Stanley el 6 de enero de 1871, iniciando el legendario viaje en busca del Doctor Livingstone. En la isla de Unguja recibe la capital, llamada Stone Town, la ciudad de piedra.

En Stone Town rebosa la Historia. Son varios los edificios que lideran el conjunto viejo. Por un lado, la Casa de Las Maravillas o antigua residencia del sultán y, junto a esta, el Viejo Fuerte, construido por los omaníes para defenderse de los portugueses. Sus bastiones todavía se alzan hoy jactanciosos y solemnes.

Hacia el interior, a los pies de la antiquísima Catedral Anglicana, se halla el antiguo mercado de esclavos o, afortunadamente, lo que queda de él: tan solo unas cuantas celdas donde exprimir la imaginación. El comercio de seres humanos fue aquí el gran negocio de la segunda mitad del siglo XVIII.

Al caer la tarde, la actividad se concentra en los Forodhani Gardens y los muelles adyacentes. Unguja es de dimensiones breves, no más grande que la mediterránea Mallorca, por ejemplo. Cuando recorres su costa, cada playa, cada aldea, te invita a parar y a disfrutarla por unos instantes, unas horas o unos días.

Unos pescadores reparan sus dhow en la gigantesca playa de Unguja Ukuu; otros faenan en la playa de Kizimkazi, entre cánticos de ritmo quejumbroso. Mientras, más al sur, en el extremo meridional, los niños se bañan y juegan bajo los cocoteros cercanos a Mkunguni. Cruzas aldeas minúsculas, como Shungi, donde las mujeres secan algas al sol. Alcanzas Jambiani, con la fina arena de sus playas y la calidez de sus aguas turquesas y llegas a Nungwi, en el extremo norte, donde playas paradisiacas, ribeteadas de cocoteros, son utilizadas por pescadores y marineros como astillero natural para fabricar artesanalmente los dhows. El interior de la isla, a través de Kinyasini y Dunga, está marcado por plantaciones de cocoteros, campos de arroz, de clavo, jengibre, vainilla y otras muchas especias.

Pemba, la isla verde

La isla de Pemba suele quedar al margen del turismo. Sus paisajes son de gran belleza, entre junglas, arrecifes de coral, playas desiertas y gente abierta y amable. Además, la isla es la productora de las tres cuartas partes de la producción de clavo del archipiélago y así ha sido durante cientos de años, hasta convertirse en el verdadero motor de la economía zanzibarí.

El mar que rodea la isla deposita con suavidad el viejo ferry en el puerto de Mkoani al despuntar el alba. Desde allí se viaja por tierra hasta Chake-Chake, ciudad que hace las veces de capital de la isla. Se puede continuar viaje hasta alcanzar Wete, otro puerto que une la isla con el continente, y desembarcar en la ciudad de Tanga, en el litoral tanzano. Pemba también tuvo su momento en la historia reciente de África. Su unión a Zanzíbar y a Tanganyka en 1964 dio lugar a la creación del nuevo estado de Tanzania, como se conoce hoy día al país.

Por las mañanas, el atestado dalla dalla número 24, que sale de los alrededores del mercado de Wete, conduce hasta la población de Konde, pasando por Kinyasini y Mgogoni. Desde allí se puede visitar la reserva forestal de Ngezi. Antes de la proliferación de las plantaciones, toda la isla estaba cubierta por este tipo de jungla lluviosa. En su espesura, y con suerte, se puede contemplar el escurridizo zorro volador, un mamífero endémico de la isla. La reserva se puede cruzar siguiendo un camino de arena hasta alcanzar Makangale, una aldea de pescadores cubierta por cocoteros a cuyo oriente se extiende una playa de varios kilómetros de longitud.

Tesoros, esclavos y tortugas

En Mkoani se puede negociar con pescadores locales, para que con su dhow, y navegando a vela, pongan rumbo a la isla de Misali. Su diminuta superficie –un kilómetro de largo por 500 metros de ancho– está rodeada de arrecifes de coral. Cuenta la leyenda que este es el lugar donde el famoso pirata Capitán Kidd enterró su tesoro, a finales del siglo XVII. Hoy no hay piratas, pero sí una gran cantidad de aves y tortugas marinas,y algunos pescadores que acampan por temporadas en sus playas de fantasía para secar pulpos y sepias al sol. Desde 1998 la isla y sus arrecifes están bajo un proyecto de protección y conservación que aboga por el control del turismo y por la armonía entre pescadores y ecosistema.

La isla de Changuu, también conocida como Isla de la Prisión, es otro lugar que merece la pena conocer y que muestra un terrible testimonio y unos simpáticos habitantes. Los ancestros de las gigantescas tortugas terrestres que hoy habitan la isla fueron traídos desde Aldabra, en las islas Seychelles, hace más de un siglo. Un sendero que bordea la costa conduce hasta unas antiguas y ruinosas instalaciones que fueron en su día una prisión para esclavos y un centro de cuarentena para aquellos que padecían algún tipo de enfermedad. Hoy, la jungla decora el lugar y lo arropa de verde. Zanguebar es hoy tan solo un recuerdo, pero la cultura swahili está viva y resiste el envite con la fuerza de aquello que arraigó hace mucho.

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