Xandra  Romero
Nutricionista

La obesidad y la voluntad: nada que ver

Cuál es el mayor problema cuando hablamos de la obesidad? ¿La ineficacia de los tratamientos a lo largo de la historia? ¿El planteamiento simplista de esta condición y sus terapias? ¿La gordofobia? Quizá sean todos y alguno más. Y es que, si sobre una condición se ha investigado, esa ha sido sin duda la obesidad. Sin embargo, existe también un evidente sesgo en el ámbito de la investigación de la obesidad y es que plantea las mismas causas para distintos tipos de situaciones por las que una persona puede acabar sufriendo obesidad.

Existen razones metabólicas, patologías mentales como los TCA u otras que derivan en una ganancia de masa grasa, existen también personas con esta condición y que, sin embargo, están más sanas que una lechuga, y también existen personas que atraviesan momentos de estrés agudo por distintas razones y su respuesta al apetito se ve alterada y pueden acabar sufriendo obesidad.

Como vemos, distintos puntos de partida, distintos contextos y realidades, pero la misma respuesta terapéutica: ‘Menos plato y más zapato’, ‘no tienes fuerza de voluntad’ y todas aquellas sandeces que los sanitarios llevan años refiriendo a aquellas personas con sobrepeso y obesidad y que tratan por tanto de decirles que, si están en esa situación, es responsabilidad de ellos mismos.

Lo cierto es que nada que ver, la obesidad es una condición heterogénea que, a pesar de múltiples y diversos intentos, ha resultado difícil de tratar. Pero una conceptualización que ha ganado la atención de los medios y de la investigación en los últimos años es la relación entre el estrés, el comportamiento alimentario y la obesidad que todavía no se comprende completamente.

Sin embargo, existe evidencia de que el estrés causa trastornos en el eje hipotálamo-pituitario-suprarrenal, sistema que regula tanto el estrés como las respuestas alimentarias. Además, la respuesta es diferente dependiendo del tipo de estresores; por ejemplo, el estrés crónico o incontrolable, especialmente cuando las personas viven en un ambiente de comida apetecible, induce la estimulación de este eje, que desencadena adaptaciones neurobiológicas que promueven un comportamiento cada vez más compulsivo y también produce otros cambios a nivel metabólico como resistencia a la insulina, lo que conduce a la inhibición de la ‘quema’ de las grasas, acumulación de triglicéridos y retención de grasa abdominal.

A nivel de los circuitos cerebrales, el estrés crónico puede afectar el sistema dopaminérgico mesolímbico y otras regiones del cerebro involucradas en los circuitos de estrés/motivación. Juntos, estos pueden potenciar de forma sinérgica la sensibilidad a la recompensa, la preferencia por los alimentos y el deseo y la búsqueda de alimentos muy sabrosos.

Además, otros aspectos, no dependientes de la voluntad humana, como son las diferencias individuales en la susceptibilidad a la obesidad y los tipos de factores estresantes, moderarían aún más este proceso.

De modo que para desarrollar estrategias efectivas de prevención y tratamiento para la obesidad, es imprescindible escuchar y ampliar la mirada para comprender las asociaciones e interacciones entre el estrés, las adaptaciones neurobiológicas y los contextos vitales individuales que han llevado a la persona a esta condición, y esto implica no juzgar y dejar de atribuir ninguna patología a la voluntad humana.