iTunes cumple 25 años: consumir música cambió para siempre
El 9 de enero de 2001 el gran jefe de Apple, el genial Steve Jobs, presentaba lo que iba a ser al principio simplemente un programa para ordenar y escuchar canciones de manera digital. Se convertiría en un giro radical a nivel industrial e incluso del día a día.

Era el amanecer del nuevo milenio, tenía que aparecer algo realmente nuevo o impresionante. Estábamos en la era de la tecnología diaria, que iba a condicionar nuestras vidas para siempre. Acabamos de digerir los roscones, de programar las dietas para adelgazar después de las fiestas, aquel 9 de enero de 2001, cuando de repente apareció él: Steve Jobs, el jefe de Apple, que desde el evento ‘Macworld’ en San Francisco nos anunciaba, fiel a su imagen de gurú, el nacimiento de iTunes: «Está muy por delante de cualquier otra aplicación al estilo jukebox - dijo - y esperemos que su interfaz mucho más simple, con respecto a las otras, lleve aún más personas en la revolución de la música digital».
El resto, como se puede intuir, es historia.
El fin de los discos
Steve Jobs hablaba de jukebox, es decir, de una gramola. Uno de aquellos objetos tanto vintage como útiles. Gente que no se podía permitir comprar algún disco o algún casete tenía que ir al bar o algún local para escuchar su música favorita, pagando una cantidad modesta de dinero y, además, compartirlo con sus amigos y su entorno.
El iTunes, por otro lado, era un programa, o un software, que no necesitaba ni bares ni compañía, porque era un instrumento que encajaba en los ‘personal computer’, en los ordenadores de cada usuario de Apple. Tanto como el Media Player para los ordenadores rivales de Windows. Dos familias que nunca llegarían a hablarse.
Media Player e iTunes tenían el objetivo, muy simple, de reproducir la música de una audio-librería virtual, en aquel formato MP3 que habíamos ya empezado a conocer, para lo bueno y para lo malo: el caso Napster, aquel programa que permitía descargar canciones de manera ilegal, de manera «pirata», había ya estallado en el mundo, creando problemas con los derechos de autor y de reproducción.
De todas formas, la batalla cultural, que inevitablemente se convertiría en comercial, de Jobs fue en contra de los llamados discos vírgenes: 320 millones de unidades vendidas en el año anterior en EEUU, algo que el boss de Apple creía totalmente incómodo.
La gente descargaba sus piezas favoritas de los discos (sin hablar de las canciones pirateadas, nunca mencionadas por Jobs) para luego mezclarlas en otros discos, escuchándolas en los lectores portátiles por la calle o desde los ordenadores. Discos que no podían contener cientos de piezas.
Algo todavía muy físico, que iTunes quiso transformar en «la revolución digital», en algo especial: ordenar para facilitar, como hacía SoundJam, el programa que de hecho Apple compró, incluso sus inventores, para rebautizarlo iTunes.
La primera pieza
El iTunes de hoy, sin embargo, no tiene casi nada que ver con el boceto de su versión 1.0 de hace 25 años. Mejor dicho, iTunes en sí murió en 2019 con su desaparición, para dejar paso a otra versión con el mismo nombre pero con características totalmente distintas. Mientras tanto ya se podía instalar en otros ordenadores y no solamente en los Mac de Apple.
Ahora, si uno utiliza este programa, o una app en el diccionario moderno, encuentra realmente de todo, una especie de planeta independiente. Se podría hasta decir que la verdadera revolución provocada por este producto de Apple empezaría con sus siguientes evoluciones.
La primera y más impactante, sin ninguna duda, el iPod, estrenado siempre en aquel 2001, inicio del nuevo milenio: el lector portátil, minúsculo, de varios colores, que reproducía las piezas que estaban en el iTunes, sería el primer punto de inflexión. Ahora sí, todo tenía mayor sentido que tener simplemente un lector de audios en el ordenador: los walkman, los discman con los cd-s, tan engorrosos en los bolsillos con el riesgo de estropearlos, iban a jubilarse muy pronto. Y los mismos discos, estaban sentenciados.
Conectar dos “i”, el Tunes y el Pod, fue la verdadera revolución, hasta llegar a una especie de formalización, de cierre del círculo: la creación, en 2003, de la tienda donde comprar canciones por 99 céntimos de dólar cada una. Adiós, por supuesto, a los piratas de la red, e investidura de Apple y de sus productos como paladinos de la legalidad y de una nueva manera de consumir música. Siempre a través de aquella palabra mágica, iTunes, que se presentaba como facilitador, caja mágica y satisfacción inmediata de los deseos.
¿Ir a comprar un disco en las tiendas? Algo fuera de moda. ¿Utilizar un CD o un casete? Antimoderno. Ahora en pocos clics se conectaba el mundo, inmaterial, de las piezas que estaban en la red, con aquello físico del iPod, donde en un segundo podías pasar de los Beatles a la ópera, de los Nirvana a las Spice Girls, dándole un giro al “botón” central con la yema del dedo.
El consumo de música, de entretenimiento en general (ahora se pueden encontrar en iTunes también pelis y podcasts, por ejemplo) se hacía “líquido”, cambiaba realmente la fruición y la manera de vivir en general. Cambiaba, al mismo tiempo, la actitud de los creadores de aquella misma música, que con el giro provocado por iTunes no tenían que concentrarse en hacer el disco o el álbum, con todo lo que conllevaba producir 40-45 minutos o incluso más de buen nivel. Ahora, con una buena pieza, una sola pieza, comprada como si fuera un paquete de chicles, el éxito iba a llegar.
Era el nuevo milenio, era el cambio radical.

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