2026 URT. 18 PSICOLOGÍA Metacognición (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Para cuando llegamos a los 8 años, las personas ya hemos hecho un recorrido en lo que se refiere a la metacognición, es decir, en la capacidad para atribuir pensamientos a otras personas y comprender que la mente de la otra persona es diferente a la propia, que ven las cosas a su modo, y que dicho modo puede o no ser similar al propio. Como todas las capacidades humanas complejas, esta capacidad para pensar en lo que pensamos o sentimos se apoya en una experiencia previa en la que el niño o la niña ha podido ir prestando atención a sus procesos internos con la ayuda de un adulto. Cuando no existe esa estimulación a través de la curiosidad del padre o la madre para explorar y poner palabras a lo que el infante aún no puede, cuando no hay un interés genuino, se vuelve más difícil que dicho niño adquiera esa capacidad. Esta posibilidad de tomar distancia, digámoslo así, de nuestros propios pensamientos o procesamientos cognitivos es la que permite, entre otras cosas, poner en duda nuestras conclusiones -para bien y para mal-, o tener templanza antes las disensiones. Al fin y al cabo, cuando veo mi propio pensamiento o sistema de creencias como un ‘objeto’, como un resultado de la mente en lugar de como una verdad objetiva o la conclusión inevitable, puedo ‘moverme’, puedo cuestionarme y puedo cambiar. Al mismo tiempo, cuando también podemos hacer eso para otros, podemos relativizar sus posiciones, tener curiosidad y empatía o no perder la esperanza de entenderles o hacerles entender. En definitiva, poder pensar en que pensamos nos flexibiliza y nos permite, con suerte, crear una mediación. A veces, nuestra manera de pensar se puede convertir en una cárcel, en un circuito cerrado sin alternativa, en un razonamiento tautológico que nos devuelve las mismas conclusiones que las premisas con las que iniciamos el razonamiento. En cambio, pensar en cómo pensamos ahora, a diferencia de cómo pensamos en otro momento -o sentimos-, puede servirnos para ser un poco más clementes con nosotros mismos, entender que las obsesiones o las preocupaciones insistentes de este momento son solo uno de los caminos posibles, que la crítica que nos hacemos a nosotros mismos, a nosotras mismas, puede ser el resultado de nuestra frustración o impotencia ante una circunstancia concreta, o que el insulto recibido es fruto del dolor del otro, quien abre el camino del estallido como un alivio, pero que no necesariamente es la verdad de lo que el otro piensa. Todo ello no es posible si no nos alejamos un tanto de nuestra querida y cotidiana mente, si no concebimos la identidad como algo más que lo que estoy pensando o sintiendo en este instante, o en este momento de la vida, por muy reflexionado, analizado y sopesado que haya estado. Mirarnos hacia dentro y ver esos espacios de duda o indefinición es como ver el hueco hacia el que nos podemos mover en medio de una pista de baile, al ritmo de la música.