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MÚSICA

Bill Callahan

(Astrida Valigorsky-WireImage | Getty Images)

En el vasto y árido paisaje de la canción de autor norteamericano, pocos nombres sostienen una estela tan firme y personal como Bill Callahan. Con más de tres décadas de trayectoria a sus espaldas -primero bajo el alias de Smog y, desde 2007, con su propio nombre-, el bardo de Maryland ha regresado con “My Days of 58”, su octavo álbum de estudio en solitario y el vigésimo de su carrera.

Publicado a través de su sello de toda la vida, Drag City, este nuevo trabajo se presenta no como una producción milimétrica, sino como lo que Callahan denomina un “living room record” -un disco de salón-. Esta etiqueta, sin embargo, no hace referencia a una baja fidelidad técnica, sino a una actitud: una vibración relajada, humana y carente de artificios. En sus propias palabras, recogidas en las notas promocionales del disco, Callahan buscaba que los arreglos sonaran «como alguien tocando sentado en el sofá, relajado».

El proceso de grabación revela una arquitectura tan curiosa como efectiva. Tras la excelente sinergia mostrada en su gira de 2022 y en el posterior álbum en vivo “Resuscitate!” (2024), el músico decidió llevar esa energía al estudio. Para ello, grabó las bases de las 12 canciones únicamente junto al baterista Jim White, para después incorporar al resto de la banda de forma individual. Este método de trabajo en relativo aislamiento ha permitido que las piezas respiren de manera orgánica, donde los instrumentos no se limitan a seguirse, sino que conviven en un espacio de improvisación controlada. De esta forma, Callahan se niega a la perfección aséptica. «La improvisación y lo desconocido son lo que me mantiene motivado», confiesa el artista. Para él, los mejores momentos de una grabación suelen ser los errores.

Líricamente, “My Days of 58” profundiza en diferentes retratos de la vida. El disco se abre con “Why Do Men Sing”, una reflexión sobre la rutina del músico itinerante y se sumerge en temas de identidad y madurez en cortes como “The Man I’m Supposed To Be”. En esta última, Callahan explora la lucha por ser la mejor versión de uno mismo, lanzando una sentencia que resume el tono del álbum: «Tómate la vida en serio, ríete en la cara de la muerte».

El álbum cuenta con la participación de colaboradores habituales y nuevas texturas que enriquecen su barítono cavernoso. Así, encontramos al guitarrista Matt Kinsey con un sonido que transita de lo onírico a lo descarnado, el saxofón de Dustin Laurenzi que aporta aires de blues nocturno, el pedal steel de Bill McCullough -además de ser responsable del arte de la portada-, el violín de Richard Bowden y el piano de Pat Thrasher. Desde la urgencia rítmica de “Pathol O.G.”, hasta la clausura ambiental y austera de “The World is Still”, el disco funciona como una purga emocional.

Con “My Days of 58”, Bill Callahan no solo entrega una nueva colección de canciones; ofrece un refugio acústico para aquellos que, como él, encuentran en el caos y la estructura de lo cotidiano la única verdad posible.


Steve Jennings | Getty Images

Gorillaz

Tras más de dos décadas redefiniendo el concepto de “banda virtual”, Gorillaz regresa con “The Mountain”, un álbum que lo definen como su cima creativa definitiva. El proyecto liderado por la visión de Damon Albarn, en la imagen, y el universo visual de Jamie Hewlett, abandona el frenesí colaborativo de entregas previas para centrarse en una narrativa más cohesiva. Grabado entre los legendarios Kong Studios y un retiro en los Alpes suizos, el disco captura una atmósfera de aislamiento y majestuosidad. 2-D, Murdoc, Noodle y Russel exploran aquí texturas que mezclan el trip-hop fundacional con sintetizadores analógicos y coros góspel. Con este nuevo trabajo, el proyecto no solo celebra su longevidad, sino que reafirma su capacidad de mutar.