7K - zazpika astekaria
GASTROTEKA

Snacks, picoteo entre horas o minutos

El chef de 7K confiesa sus tentaciones y sus asaltos a la nevera a deshoras, por eso recomienda la práctica del picoteo saludable y también leer las etiquetas de lo que compramos y consumimos para saber qué contienen esos productos. Y es que el picoteo es un pecado tan adictivo como irresistible.

(Getty Images)

Tan peligroso como adictivo, tan impulsivo como “prohibido”, tan práctico como engañoso… Hablemos, amigos, de un tema tabú; el picoteo entre horas. O, si sois como yo, puede que entre minutos. Esos viajes a los armarios, la nevera o la despensa, cuales ninjas de película o Tom Cruise en una de sus películas: “Misión Imposible. El rescate del fuet maldito”. Y tan maldito. ¿Quién de vosotros es capaz de comerse solo una rodajita? Y no vale que la rodaja sea del tamaño de vuestro dedo pulgar. Rodajita equivale a 1-2 mm de grosor, no más. Entonces, ¿quién tiene esa capacidad?

No, familia, yo tampoco soy esa persona que lucha contra el orden de una dieta. Hace tiempo que los malos de la película de este tema se hicieron conmigo y ahora soy cómplice de uno o más asaltos a los espacios donde se esconde lo rico dentro de casa. Entre horas o entre minutos. Mi nevera tiembla cada vez que me acerco, casi siempre con premeditación y alevosía, pero es que, si paso por al lado, sin hambre ni intención de picoteo alguna, mi cuerpo reacciona recordándome que cocino porque me gusta comer y que no me puedo permitir pasar por la nevera sin, al menos, echar un vistazo. Puede que lo esté exagerando un poquito pero, ¿a que más de uno o una se siente identificado? No pretendo que os sintáis mal, de hecho, creo que no es un mal hábito si se ejecuta de forma correcta. La clave está en hacernos fuertes en la compra y sacrificar parte del vicio y el hedonismo puro para así no tener más opción que tirar de picoteo saludable cuando nos dé por picar algo en casa.

Yo he llegado a convertir picoteos tontos, sin mucho hambre ni fundamento, en comidas o cenas épicas y para el recuerdo. Si es que al final todo depende de lo que uno tenga a mano cuando busca el alimento. Por eso, incido en que la clave para que un picoteo sea picoteo o un snack de media mañana sea un snack de media mañana, es la compra. Y aquí la única recomendación que os puedo dar es que la llevéis planificada. Nada de ir a ver qué os encontráis. Que esta forma de hacer la compra es lo más parecido a asaltar la nevera de casa, solo que con opciones infinitas. Es un “game over” total.

Es cierto que, más allá de si tenemos buenos hábitos o no, esta industria está más que preparada para hacernos caer en la tentación y no poder librarnos del mal. Existe una completa arquitectura del snack. Fijaos en que estos casi siempre destacan por ser crujientes, salados, dulces o grasos. Y esto hace que se conviertan en un bocado ansiado. Existe un concepto llamado hiperpalatabilidad, que define el estímulo extremo de los sentidos en un bocado tan pequeño. Todo está pensado para que el estímulo sensorial sea de facto un hecho indiscutible. La reacción, por tanto, casi siempre es satisfactoria. Y esto hace que, gracias a la memoria, el cuerpo nos pida más y más de eso que tan bien nos ha sentado o tanto nos ha gustado. ¿Es esto un ejemplo de arquitectura gastronómica o sensorial? ¿Por qué no me pasa esto con las espinacas? La respuesta está en el mismo párrafo. Leedlo otra vez. Las espinacas están “pensadas” para alimentarnos y nutrirnos. Que nos estimulen ciertos sentidos, más o menos, ya es cosa de la mano que las cocine.

(Getty Images)

LEER LAS ETIQUETAS

Volviendo al tema de la compra. No defiendo la fruta cortada y en bolsitas de plástico, pero tampoco las barritas proteicas que se venden como “fit” o saludables. Si no os apetece una pieza de fruta o unos frutos secos, sin más, haced el esfuerzo de leer las etiquetas de lo que contienen los productos y valorad si os encajan o no. Yo lo primero que miro son las calorías y el contenido graso. No es un análisis nutricional, pero a mí me sirve para medir qué comprar, pensando en si voy a hacer deporte después, si voy a seguir trabajando, si voy a estar sentado o activo y sin parar. Si no voy a parar y la jornada es larga, hasta un bocata de tortilla encajaría, sumando a la situación más que restando, pero si, por el contrario, toca oficina y tener la popa en la silla durante horas, pues tiro de algo muy poco calórico. Ya os digo que no es una regla nutricional pautada, pero sí que es un primer pasito para hacer contra a todos mis pecados gastronómicos entre minutos.

De esta forma, dejo que este picoteo adquiera un valor social mayor. Restar la parte de vicio y golosismo a estos momentos es clave. Me explico: el picoteo en casa deberíamos de enfocarlo como un acto nutricional y funcional. Es decir, que el ansia no nos arrastre a atracar la nevera. Si venimos de trabajar y tenemos que “engañar” al estómago antes de comer o cenar, que sea eso, un engaño al estómago y no a nosotros mismos. Y, ¡ojo!, que hay días en los que uno o una se lo merece y no hay que sentirse mal por ello.

A lo que quería llegar es a decir que, si controlamos todo lo anterior, o por lo menos somos conscientes de ello, mantendremos la carga social del picoteo todavía viva y fuerte. Lo digo porque unas simples patatas o unas olivas al centro de una mesa, entre amigos, representan mucho más que el alimento per se. El picoteo tiene mucho más de cultura y emoción compartida de lo que pensamos. Ese estar unidos alrededor de una mesa, que cada vez se limita a espacios de tiempo más estrechos, se ve representado en ocasiones como estas.

Por lo tanto, hacer que el alimento que representa este momento se mantenga en su totalidad, lo dota del valor social que le corresponde y eso es lo importante. Y digo olivas o patatas, como puedo decir una ración de embutido, unos frutos secos, un talo, una ración de anchoas o unas croquetas. La cuestión es disfrutar del picoteo, el día que toque, con amigos, familia o las personas que queremos, haciendo que esto nos vuelva a invitar a relacionarnos alrededor de una mesa.