7K - zazpika astekaria
PSICOLOGÍA

Empeños

(Getty Images)

En el fondo somos muy listos, muy listas. Allá en el fondo, al menos. Cuando percibimos la realidad social, con su enorme complejidad, somos capaces de discernir, de entre la ingente cantidad de estímulos, aquellos que nos son relevantes, apartando, incluso de nuestra percepción, la información que está presente, delante de nuestros ojos y oídos, pero que no nos aporta valor a nuestra necesidad, deseo o condición -al menos aparentemente-.

Sin que tengamos que hacer un esfuerzo consciente, dejamos de oír el rumor del tráfico, el barullo de personas para centrarnos en un amigo frente a un café. Hacemos consciente solo una parte de todo lo que percibimos, si bien podríamos llevar nuestra atención a otros estímulos voluntariamente, lo que nos daría una visión distinta.

Y, a veces, lo que queda en ese segundo plano, presente pero no consciente, son las pequeñas desintonías o desagrados con el otro; si son grandes, es más fácil ser conscientes, que nos asalten la atención y no nos dejen mirar hacia otro lado, pero las de baja intensidad, solo permanecen ahí, haciendo una similar interferencia a la que haría un ruido de bar en nuestra conversación: incómodo pero no necesariamente imposibilitante.

En algunas situaciones y relaciones somos capaces de tolerar lo que no nos gusta durante toda una vida, pero en otras, estas se van acumulando hasta no poder aguantarlo más y “tener que salir de ese bar ruidoso”, usando la metáfora.

Sin embargo, hasta llegar a ese límite podemos hacer múltiples intentos de adaptación incluso sin darnos cuenta, intentos que requieren energía y que también pueden quedar fuera de nuestra consciencia. Puedo no darme cuenta pero llevar tiempo lidiando con la tensión de no sentirme reconocido en mis esfuerzos o mi valor en una relación laboral; o puedo llevar tiempo diciéndome que «no pasa nada» si mi pareja nunca toma la iniciativa. Pero, aunque no sea consciente, yo ya sé lo que sé. Yo ya puedo percibir, si le presto atención, mis incomodidades o decepciones, e incluso mi propio esfuerzo por no notarlas, mi empeño por distraerme o adaptarme. Y a veces con eso es suficiente.

Otras, como si de esa rana en agua caliente que puede morir si termina hirviendo se tratara, puedo hacerme consciente de cómo la situación es insostenible y saltar -en el fondo a ninguna rana le pillaría desprevenida el aumento peligroso de la temperatura-. Sin embargo, a diferencia de las ranas, nuestro empeño en intentar restablecer o adaptarnos, se topa con la esperanza de lo que podría ser, y cuando esta ha sido grande o importante, saltar fuera de ella puede ser un shock. En las personas, a diferencia de en las ranas, nadar en una esperanza que solo nos mantiene en déficit durante demasiado tiempo, si nos puede llevar a morir, o al menos, a morir por dentro. Así que merece la pena prestarnos atención antes de echar a hervir.