7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Dios


Mientras escuchaba los rigores de la ola de calor de euforia españolista, una frase teológica, pobre de mí y santa inocencia, me cogió descreído y a traspiés. Apenas acabada la final del Mundial, Ferran Torres advirtió desde el campo que «el destino está escrito (…) Dios da las cosas a quien más se las merece». Desconozco con qué criterio actúa el mencionado, bajo qué criterios de necesidad social y si un gol es depositario de designio divino. Como todo concuerda, poco después la retina se quedó absorta ante una gorra de marras que lucía el mismo futbolista: “Make Spain Great Again”. Hasta Trump, que se cree predestinado a escribir el futuro entero de la humanidad partida, ha reaccionado diciendo que todos bailan al son de su caos. Pero ya saben, no hay que mezclar fútbol y política, como afirman los que siempre lo niegan.

Por suerte, solo dos días después leía con urgencia a Santi Torres, cristiano de base, respondiendo deprisa a esa falsa teleología y alertando que el Dios del futbolista se asemejaba demasiado al Dios de Trump de la predestinación, la meritocracia y la prosperidad conquistada en medio del Far West. Aquel mismo Dios de Bush que sostenía los crímenes en Irak -«Dios no es neutral en esta batalla»-. Ese Dios chiflado, Amalec sionista, que es tan funcional al salvajismo neoliberal turboacelerado, fatalista y determinista, clasista y segregacionista, redentor y excluyente, que legitima brutalmente todas las desigualdades en nombre de la libertad de mercado y la ley selvática. De la mano de Dios al negocio de Dios. Memoria tozuda, del Mundial de Sudáfrica lo que más recuerdo -“yo soy español, español, español”- es ver a todos los jugadores de la roja tributando el premio allí para ahorrarse la mitad de los impuestos. “Todo está a punto, cristo salvador / tu siervo espera el milagro redentor / Que suenen las monedas en la cuenta de mi banco”, cantaba Barricada en “En nombre de Dios”.

Nada nuevo bajo un sol de plomo, un mercado de hierro y tantas balas de plata. Pero, si todo está inscrito en la memoria, me temo que nada une más a Argentina y al Estado español que sus represiones internas: los detenidos-desaparecidos de allí y las cunetas todavía de aquí. El banal ardor patriótico deportivo no tiene nada nunca de neutral. Es puro neutrón de Estado. En 2024 ya se coló un “Gibraltar español” en la celebración. Este julio un abrandado “¡Viva el rey!”, que vive, ciertamente, a cuerpo de rey. Alguien escribió, no hace mucho, que la fallida edificación nacional española solo se sustenta muy frágilmente en la pretérita guerra del francés de 1812 y en el gol de Iniesta de 2010. Aunque la realidad siga recordando que no hay nada que divida más como la unidad de España. Ni ez naiz hemengoa, reiteraría Sarrionandia.