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Psicología

Buscar culpables

(Getty Images)

Nuestra atención es limitada y aquello en lo que ponemos la atención es lo que nos permite actuar. En otras palabras, sin un objeto de atención, es muy difícil tomar acción. Y dicho objeto lo necesitamos concreto, identificable, para poder dirigirle nuestros actos. Cuando hablo aquí de “objeto”, no me refiero al significado literal, a un objeto material e inanimado, a una cosa, sino a un ente definido que elijamos para recibir algo que nosotros le damos. Un objeto, en este sentido, puede ser una persona, una idea, un lugar o nosotros mismos, nosotras mismas, que puede ser descrito y asociado con nuestra percepción. Por ejemplo, podemos hablar de alguien y ese alguien se convierte en objeto de nuestras descripciones, de nuestras hipótesis, de nuestros sinsabores… Y sobre ese alguien vertemos palabras, que no dejan de ser acciones simbólicas, que el objeto recibe. O podemos tomar decisiones en torno a una idea, y la idea es el objeto de atención entonces; la analizamos, le damos vueltas, la juzgamos y decidimos sobre ella.

Tanto la persona como la idea anteriores son “objetos” de nuestra mirada, a pesar de que su naturaleza sea mucho más amplia. Por ejemplo, que dos amigas hablen de “cómo Alazne se está tomando la jubilación” sin estar ella presente, convierte a Alazne en objeto de sus discusiones, pero su experiencia real sobre su propia jubilación puede no tener nada que ver con la conversación. Caemos en la ilusión de pensar que conocemos la naturaleza íntima de los objetos que elegimos, pero siempre vemos solo una parte de los mismos, la que necesitamos ver, la que capta nuestra atención.

Así que sí, para relacionarnos con el mundo necesitamos escoger objetos hacia los que dirigir nuestra energía. Y es que, de primeras, muchas veces es solo eso lo que sentimos: cierta “energía”, cierta emoción o sensación flotante, antes de poder achacarla a nada concreto, lo cual es bastante incómodo psicológicamente, por lo que tratamos de cerrar esa incertidumbre, sea como sea. Los niños pequeños, por ejemplo, pueden concentrar su malestar hacia un hermano cuando están muy cansados, o podemos intentar buscar culpables cuando sentimos una insatisfacción difusa -y normalmente multicausal- en un entorno. Entonces, quizá escojamos con imprecisión o, simplificando demasiado, solo por la urgencia de dirigir una energía emocional que ya está ahí.

Pocas cosas nos resultan más injustas que ser escogidos como objeto de la emoción de otros, que no pueden sostener su impotencia o incomodidad y terminan ventilándola con -o sobre- nosotros, nosotras. Y, cuando somos elegidos como objeto, bueno, como su nombre indica, tememos ser manipulados, desechados, controlados, al fin y al cabo, despersonalizados. Buscar culpables, sin embargo, no siempre es una posición moral, sino simplemente -o no tan simple-, el volcado en algo o alguien concreto de la impotencia que genera un dolor propio y difuso.